El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de este martes en Washington (EE.UU.). EFE/Samuel Corum
La política internacional de Donald Trump parece cada vez menos una estrategia y más un reflejo de su propio ego. Bajo la etiqueta de “América primero”, lo que se observa es una política exterior errática donde los intereses económicos y la propaganda pesan más que cualquier visión geopolítica coherente. El mundo se convierte así en un tablero donde el petróleo, el negocio y la imagen personal del líder estadounidense se mezclan sin demasiados escrúpulos.
El caso de Venezuela ilustra bien esta lógica. Washington ha reforzado su presencia y su influencia en el país caribeño con el argumento de la estabilidad regional. Sin embargo, el propio Trump ha llegado a afirmar que el petróleo venezolano “va camino de Houston”, una frase que resume con brutal claridad el verdadero objetivo de la operación: controlar recursos energéticos estratégicos. Make America Richer Again (MARA meua).
En Oriente Próximo la situación no es menos inquietante. La guerra contra Irán ha disparado los precios del petróleo, superando los 100 dólares por barril y generando una crisis energética global. En lugar de mostrarse preocupado por las consecuencias, Trump ha llegado a celebrar que el encarecimiento del crudo puede beneficiar económicamente a Estados Unidos, el mayor productor mundial. Y lo hemos visto con su baile ridículo.
Una afirmación que revela una mentalidad peligrosa: cuando la guerra se mide en términos de rentabilidad.
Al mismo tiempo, las decisiones de Washington han enviado señales contradictorias. En plena escalada con Irán, la Casa Blanca ha permitido temporalmente la entrada al mercado de petróleo ruso, una medida que puede generar miles de millones de dólares para el Kremlin y debilitar la presión internacional sobre Moscú en plena guerra con Ucrania. Vergüenza de Trump, el nuevo Hitler.
Mientras Europa intenta frenar la maquinaria de guerra de Putin, Estados Unidos abre una válvula que alivia su economía.
Todo esto se combina con mensajes improvisados, anuncios contradictorios y una diplomacia que parece improvisada en redes sociales. La política internacional se convierte así en espectáculo: amenazas un día, declaraciones triunfalistas al siguiente y cambios de rumbo que desorientan incluso a los aliados.
El problema no es solo Trump. El problema es el modelo que encarna: un liderazgo que reduce la política exterior a una mezcla de negocio, propaganda y culto al líder. Cuando el mundo atraviesa una de las etapas geopolíticas más frágiles desde la Guerra Fría, gobernar con ese nivel de improvisación no es solo irresponsable. Es peligroso.
Porque cuando el ego dirige la política global, los conflictos dejan de ser tragedias humanas para convertirse en oportunidades de negocio.
En este contexto, ¿quién aprovecha para seguir con su ‘Manual de Resistencia’? ¡Bingo! Pedro Sánchez.
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