La ZAS de Russafa amenaza con devolver al barrio a sus años más grises. /EPDAHay una línea fina entre garantizar el descanso vecinal y asfixiar la vida de una ciudad. En Valencia, esa línea hace tiempo que se cruzó. Las últimas restricciones al ocio nocturno —sumadas a las trabas a festivales en la zona de Les Arts— dibujan un escenario preocupante: una ciudad que parece más interesada en dormir que en vivir. Una ciudad triste y amargada. Un cementerio.
El caso de ZAS Ruzafa es solo la punta del iceberg. Bajo el argumento de proteger el descanso, se están imponiendo medidas cada vez más estrictas que, en la práctica, condenan a restaurantes, pubs y discotecas a una lenta agonía. Horarios recortados, licencias imposibles, controles desproporcionados… el resultado es claro: menos actividad, menos empleo y menos atractivo para una ciudad que siempre ha presumido de su carácter abierto y mediterráneo.
Porque aquí no se trata de elegir entre ruido o silencio. Se trata de entender que el ocio también es cultura, economía y, sí, bienestar. ¿Desde cuándo pasarlo bien es un problema? ¿Desde cuándo reunirse con amigos, bailar o disfrutar de un concierto es una amenaza al orden público? Parece que en Valencia se ha instalado la idea de que el descanso es un derecho absoluto, incluso por encima de cualquier otra consideración.
Y no. El descanso es fundamental, pero no puede convertirse en un dogma que lo arrase todo. Una ciudad viva necesita equilibrio. Necesita barrios donde se pueda dormir, sí, pero también donde se pueda salir, compartir y generar actividad. Porque esa actividad no solo llena locales: llena también las arcas públicas, sostiene miles de empleos y proyecta una imagen dinámica hacia fuera.
Mientras tanto, otras ciudades juegan en otra liga. Madrid y Barcelona no son perfectas, pero han entendido algo clave: el ocio es un motor económico de primer nivel. Allí se regula, sí, pero también se protege y se impulsa. Aquí, en cambio, parece que la estrategia pasa por poner trabas hasta que el problema desaparezca… porque ya no queda nada que regular. Muchos políticos cobardes y otros tantos hipócritas.
Las limitaciones a festivales en Les Arts son otro síntoma de esta deriva. Eventos que atraen turismo, generan riqueza y posicionan a Valencia en el mapa cultural internacional se ven ahora cuestionados por una visión cortoplacista. ¿De verdad queremos renunciar a eso? ¿De verdad queremos convertirnos en una ciudad donde lo más emocionante que ocurra sea el silencio?
La juventud —y no tan juventud— tiene derecho a disfrutar. A vivir la ciudad más allá del horario laboral. A encontrar espacios donde desconectar, socializar y, en definitiva, ser feliz. Porque sí, la felicidad también pasa por el ocio. Y una ciudad que renuncia a eso es una ciudad que se empobrece, no solo económicamente, sino también en alma.
Valencia corre el riesgo de convertirse en un cementerio a cielo abierto: ordenado, tranquilo… y vacío. Lleno de amargados. . Tal vez aún estamos a tiempo de rectificar. Pero para ello hace falta algo más que normativas: hace falta una visión de ciudad que entienda que vivir no es solo descansar. También es disfrutar.
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