La Quinta Columna, Valencia. / EPDADurante los años en que Valencia fue capital de la República, la ciudad se transformó en un extraño escenario dominado por la sospecha y el secreto. Bajo la apariencia de una vida cotidiana normal, operaba la llamada «Quinta Columna», una red invisible de agentes franquistas infiltrados entre profesores, funcionarios, comerciantes y vecinos. Nadie podía estar seguro de quién era realmente la persona que tenía enfrente. Quizá era el humilde limpiabotas, un cartero o un jubilado de frágil apariencia.
Un comentario trivial, una mirada prolongada o una amistad mal interpretada podían convertirse en pruebas de traición. Las calles, los cafés y las oficinas se llenaron de murmullos, cartas cifradas y mensajes transmitidos en voz baja, mientras la ciudad respiraba una tensión constante.
Las autoridades republicanas sabían que estas redes existían, pero su carácter oculto hacía casi imposible desmantelarlas sin provocar un caos social. Así comenzó una guerra silenciosa, donde no había trincheras visibles ni refugios, sino balcones vigilados, pasillos observados y puertas cerradas con desconfianza. Algunos vecinos pasaban días enteros anotando movimientos, siguiendo sombras y redactando informes que podían sellar destinos. Otros organizaban reuniones clandestinas en sótanos, casas vacías o despachos aparentemente abandonados, donde se intercambiaban datos sobre tropas, suministros y decisiones estratégicas.
Décadas después, los archivos revelaron operaciones sofisticadas: teléfonos intervenidos, correspondencia controlada, mensajes ocultos bajo puertas y encuentros secretos al amanecer. Testigos recordaban figuras con gabardina y sombrero cruzando la ciudad en silencio, dejando información en buzones vacíos o transmitiéndola de mano en mano sin levantar sospechas. La «Quinta Columna» no necesitaba disparar; su arma principal era la difusión del miedo, la sensación permanente de estar siendo observado en cualquier lugar.
La paranoia de aquellos momentos afectó a familias enteras. Muchas personas fueron detenidas sin pruebas y otras por error, desapareciendo de la vida pública mientras crecían los rumores de conspiraciones en la ciudad. La delación se convirtió en una herramienta cotidiana, erosionando la confianza entre amigos y vecinos. Valencia comenzó a espiarse a sí misma, convirtiendo cada gesto en una posible amenaza y cada silencio en una advertencia.
Hoy, estas historias sobreviven en documentos y relatos orales, alimentando una memoria marcada por el misterio. La ciudad no solo fue bombardeada desde el cielo, sino también desde dentro, por una guerra invisible que se infiltró en aulas, salones, comunidades de vecinos y oficinas.
Esos momentos revelan que el conflicto no se libró solo con armas, sino con sombras, rumores y secretos. En aquella Valencia, la guerra era un juego de conspiración permanente, donde lo cotidiano se transformó en un inquietante laberinto de desconfianza y suspense. ¿Nos seguirán espiando en la actualidad?
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