Ha empezado marzo. Nuestras calles se han llenado de vallas, carpas, calles cortadas y problemas de tráfico. Y es solo el principio, bien lo sabemos. Una incomodidad que sufrimos año tras años, especialmente en esos días previos a la semana fallera en que, pese a los preparativos, hay trabajar, ir al centro educativo y, en definitiva, seguir nuestras rutinas más allá de peinetas, buñuelos y pólvora.
Las quejas vienen ponto. Y son comprensibles. Cohonestar una fiesta que se vive en la calle y que cada día tiene mayores proporciones -en sentido literal- con las actividades diarias es difícil. Y más de una vez, saca de quicio al personal.
Pero, antes de poner verde al mundo fallero, invito a una reflexión. Sin la labor de las comisiones falleras, muchas cosas no serían como las conocemos, y otras se habrían perdido para siempre. Durante todo el año se cuida la cultura, las tradiciones, y se crea un tejido asociativo que va mucho más allá de lo que la gente identifica con las fallas. Las comisiones falleras tuvieron un papel fundamental cuando la dana del octubre de 2024 asoló nuestra tierra. Se organizaron antes que nadie, y enviaron tropas de voluntarios que fueron esenciales en esos primeros días de desastre y desolación. Y, año tras año, se han convertido en un bastión fundamental para las tan necesarias donaciones de sangre, prestando sus locales y dando ejemplo como donantes.
Son solo dos ejemplos, pero basta con que ocurra cualquier cosa para que el mundo fallero se organice en un nanosegundo y lo dé todo. Como se hizo en la pandemia y como se hace siempre.
También en la cultura, nuestra fiesta hace una labor fundamental. Preserva la tradición de folklore e indumentaria, colabora en el cuidado de la lengua y de las manifestaciones literarias y de artes escénicas, como teatro, danza o declamación. También cumple un papel esencial para recuperar costumbres e incluso deportes que nos son propios y que hoy no conoceríamos de otro modo.
Todo eso convirtió a nuestra fiesta en patrimonio inmaterial de la UNESCO, algo de lo que sacamos pecho, y con razón.
Así que, la próxima vez que vayamos a quejarnos porque una valla nos impida el paso, pensemos todas estas cosas. Y de paso, pensemos también que gran parte del objeto de las protestas -lógicas- de gran parte de la ciudadanía, esto es, el botellón y todas sus consecuencias como el ruido o la suciedad no las ocasionamos los falleros y falleras, sino personas que no pertenecen a falla alguna y se desmadran aprovechando la ocasión.
De hecho, cada día limpiamos lo que otros ensuciaron.
Palabra de fallera.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)
Susana Gisbert. /EPDA
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