Antonino Muñoz. / EPDALa noticia de la caída de Maduro en Venezuela merece una reflexión sosegada más allá del titular momentáneo. La captura de Nicolás Maduro —tras una operación militar estadounidense que ha desencadenado debates internacionales sobre legalidad y soberanía— es un hecho de enorme calado que no puede reducirse a la algarabía inmediata de las redes sociales.
Alegrarse por la caída de un dictador es comprensible, especialmente cuando durante años ese régimen estuvo marcado por abusos, persecución de opositores y una crisis humanitaria sin precedentes que obligó a millones de venezolanos a exiliarse. La diáspora de venezolanos —que supera los ocho millones en el exilio por culpa del autoritarismo— es una herida profunda aún abierta. Escuchar sus voces debe ser central si realmente nos importa el destino de ese pueblo hermano. Pero la euforia no puede sustituir a la reflexión.
Es evidente que en nuestra sociedad estamos tan polarizados que ni siquiera en acontecimientos de esta magnitud conseguimos ponernos de acuerdo. Al igual que aquí, en España, discutimos sobre todo con una falta de altura que nos impide ver los matices, Venezuela también refleja cómo los debates se simplifican hasta extremos insostenibles. La lógica de TikTok, del vídeo corto, del impacto inmediato y del mensaje sin contexto, nos empuja a reaccionar antes de pensar, y eso no ayuda en absoluto a construir una opinión fundamentada, serena y respetuosa.
Algunas personas han hablado ya de una ‘panacea’ tras la detención de Maduro. Sin embargo, la realidad es más compleja. La salida del poder de un dictador no significa automáticamente la llegada de una democracia plena y estable. Las consecuencias políticas, sociales y geopolíticas de lo que ha ocurrido siguen abiertas y generan incertidumbre dentro y fuera de Venezuela.
Si algo dejan claro estos días es que no basta con celebrar un titular: hay que escuchar a quienes han vivido bajo ese régimen durante años y reconocer sus esperanzas, sus miedos y sus demandas. Ellos nos recuerdan que, aunque el fin de un dictador puede ser un paso necesario, no garantiza por sí solo la consolidación de una democracia con sus defectos y virtudes, pero basada en la libertad y el Estado de Derecho.
Esto también debería llevarnos a reflexionar sobre cómo opinamos desde lejos de territorios que no conocemos en profundidad. Con demasiada frecuencia incluimos en el debate diario asuntos complejos como si tuviéramos un conocimiento exhaustivo. Nos preguntamos por qué algunos conflictos internacionales trascienden en nuestras conversaciones y otros no: ¿es por cercanía, por interés mediático o por afinidad ideológica?
Lo que está claro es que debemos recuperar la templanza y la humildad en nuestras opiniones, especialmente cuando hablamos de países y procesos que no dominamos por experiencia directa. La polarización extrema —sea en Venezuela, en España o en cualquier otra parte— sólo empobrece el análisis y dificulta la construcción de consensos razonables sobre lo que debe ser el mundo que queremos.
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