Hace poco, en una reunión sobre acción voluntaria, salió un tema que muchas entidades compartían: no faltan las personas con ganas de ayudar, pero cuesta muchísimo mantener una vinculación a largo plazo. No se trata de falta de compromiso, sino de una forma distinta de relacionarse con todo, también con las causas sociales.
Hace más de veinte años, el sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de “modernidad líquida” para describir una sociedad en la que todo cambia rápido, donde los vínculos son más flexibles y menos duraderos. Quizá no pensaba en el voluntariado, pero hoy encaja bastante bien con lo que está ocurriendo.
Según el último informe del Observatorio de la Plataforma del Voluntariado de España, más de 4’2 millones de personas hacen voluntariado: un 10’1% de la población. De ellas, un 20’6% lo hace solo de manera ocasional. Son datos potentes, sí, pero detrás hay una paradoja: muchas entidades siguen buscando gente que se quede, que conozca el proyecto, que acompañe procesos largos.
Estamos hablando de una transformación visible en la forma de entender el compromiso. El nuevo voluntariado prefiere acciones concretas, con una duración limitada y resultados visibles. Casi todo se ha convertido en “experiencia”: un viaje, un taller, una acción. Y el voluntariado también. Lo importante parece ser el qué te aporta, cómo encaja en tu historia personal. Si a eso le sumamos la cultura de la inmediatez, el efecto es un voluntariado más intenso, emocional y hasta fotogénico… pero que a veces cuesta que eche raíces.
Estos ajustes tienen que ver con cómo nos organizamos, cómo usamos el tiempo y cómo entendemos la participación hoy en día. El voluntariado también se ha adaptado a esa lógica: más flexible, más diverso, puntual y abierto a distintas formas de implicarse.
¿Qué pueden hacer las entidades ante este escenario? Primero, dejar de demonizar este nuevo voluntariado: es real, es legítimo y una puerta de entrada enorme. Segundo, diseñar itinerarios que conviertan la primera acción en una invitación a quedarse: espacios de reflexión, grupos pequeños de referencia, responsabilidades asumidas con libertad. Tercero, ofrecer vínculos flexibles pero significativos: sustituir reuniones eternas por encuentros con sentido, más proyectos compartidos... Solo así, en medio de la liquidez, el “vengo a ayudar un rato” podrá transformarse, cuando la persona esté preparada, en un “formo parte de esto”.
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