JOSÉ ALEDÓN
Eduardo Escalante, ¿Cronista taurino?
Coordinador de Canyamelar en marxa
JOSÉ ALEDÓN - 20/09/2020
José Aledón
José Aledón
Retrato de Eduardo Escalante
Retrato de Eduardo Escalante

Aunque pueda resultarle extraño a más de uno, ese insigne autor teatral valenciano fue algo más que eso, pues el arte, ayer como hoy, es un mal repartidor de riqueza, debiendo muchos de sus mejores ministros recurrir a las más pintorescas actividades para vivir con cierto decoro. Eso y no otra cosa le ocurrió durante toda su vida al auténtico creador del teatro valenciano.

Eduardo Escalante Mateu (1834-1895), nacido en el Cabanyal, era hijo de Juan Antonio Escalante Casamayor, natural de Villena y de Mónica Mateu Carvajales, oriunda de Valladolid.

El pequeño Eduardo nació en muy mal momento. En las montañas del Maestrazgo rugía una guerra sin cuartel, mientras que la ciudad de Valencia sufría una de esas cíclicas epidemias de cólera que tantos estragos causaron en el siglo XIX. Para mayor infortunio familiar, Juan Antonio Escalante era militar en activo al servicio de Isabel II. 

El matrimonio Escalante se dirigía a Marsella por mar cuando a Mónica se le adelantó el parto frente a las costas de Valencia. Era el 20 de octubre y, aunque nuestra ciudad no era precisamente lo más adecuado para una parturienta, debido a la mencionada epidemia colérica (sólo en Valencia hubo 4.245 defunciones declaradas, pero sin duda serían muchos más los fallecidos directa o indirectamente por la enfermedad en los casi cinco meses que tardó en erradicarse), deciden desembarcar aquí y hospedarse en el entonces municipio independiente de Pueblo Nuevo del Mar. Debido a complicaciones post parto Mónica fallece a poco de nacer el pequeño. Sin pérdida de tiempo, éste es bautizado en la entonces ermita del Canyamelar dedicada a la Virgen del Rosario, siendo su padrino nada menos que Mariano de Cabrerizo Bascués, editor, librero y escritor de avanzadas ideas liberales, buen amigo del padre. La madrina fue Josefa Pont López.

Por su supuesta participación en la revuelta que hubo en Valencia en 1835, tanto Juan Antonio Escalante como Mariano de Cabrerizo tienen que salir precipitadamente de la ciudad. Escalante no volverá a ver más a su hijo, pues murió en 1839, siendo criado el niño por la madrina y dos de sus hermanas.

Cursó Eduardo las primeras letras en la escuela de la Compañía, conocida como "La Paella". Estudió dibujo en el Liceo Valenciano, iniciándose a los trece años como pintor de abanicos. Contrajo matrimonio con Amalia Feo, con la que tuvo siete hijos, tres varones y cuatro chicas. A los veintiún años escribió dos "milacres" vicentinos: "La muda" y "Vanitat castigada" para el altar del Mercado. Su primera obra teatral fue un drama en cuatro actos y en verso, escrita en castellano en 1858 y titulada "Raquel". Hay que decir que nunca fue representada. Su primera obra en valenciano fue "El deu, deneu i noranta", estrenada en 1861 en el Teatro Princesa. Tuvo esta obra tal éxito que escribió una segunda parte titulada "La casa de la Meca", estrenada en ese mismo coliseo un año más tarde. También estrenó en 1862 en el Teatro Princesa "La sastreseta". Obedeciendo al carácter benévolo y altruista de Escalante, hay que decir que las tres obras se escribieron expresamente a beneficio de tres magníficos actores valencianos del momento: Juan Mª. Palau, Leandro Torromé y Ascencio Mora.

A pesar del éxito de estas obras, estuvo seis años sin escribir una sola línea para el teatro, hasta que una petición del citado Torromé le llevó a escribir "Un grapaet i prou", estrenándose en el Princesa en 1868. De nuevo con motivo de otro beneficio escribió y estrenó ese mismo año "La procesó per ma casa".

Es precisamente a partir de 1868 cuando comienza el período más fecundo de nuestro autor, llegando incluso a estrenar en 1874, en el Teatro-Circo Español, la zarzuela valenciana "¡Als lladres!", musicada por el maestro Benito Monfort.

Escribió Eduardo Escalante Mateu un total de cuarenta y nueve obras de teatro: cuarenta y dos de ambiente urbano y siete de ambiente rural.

Hay que decir, en honor a la verdad, que, a pesar de la gracia con que Escalante supo trasladar magistralmente situaciones hilarantes de la vida cotidiana a las tablas, su natural era bastante malhumorado y taciturno, cosa que todavía dice mas a favor de su arte, pues no llevó a la escena ni una pizca de esa amargura que le embargaba en ciertos momentos. Era don Eduardo, como se suele decir, amigo de sus amigos, contándose entre éstos Teodoro Llorente  y José Doménech, propietarios ambos del diario "Las Provincias", en la redacción del cual solían echar partidas de "tresillo", juego de naipes al que era tan aficionado como mal perdedor.

Como se ha apuntado, Escalante fue toda su vida un buen dibujante, dedicándose desde su juventud a la decoración de abanicos. Esta fue la auténtica profesión del genial sainetero, pues se dedicó íntegramente a ella durante treinta años. ¿Cuántos hermosos senos y bellos rostros habrán sido, sin saberlo, acariciados y refrescados por esos primorosos abanicos que, en la intimidad del hogar, pintaba el aplaudido comediógrafo?

Valencia tuvo una próspera industria abaniquera durante la primera mitad del siglo XIX, llegando a trabajar en ella hasta veinte mil personas sólo en la ciudad, sin mencionar localidades verdaderamente especializadas en ella, como Alaquás, Aldaia y otras. Uno de los impulsores de esta actividad industrial fue José Colomina, llegando a ser, por eso mismo, ennoblecido por Amadeo I con el título de marqués.

Todo fue bien hasta 1869, año en que se abrió el Canal de Suez, facilitándose de tal manera el tráfico con el Lejano Oriente que, al cabo de pocos años, Europa sufrió la terrible competencia que, en ciertos sectores, representaban las materias primas y productos manufacturados de aquellos países.

Terribles vientos, propiciados por los abanicos de China y Japón, verdaderas potencias del ramo, crearon tal crisis en la industria valenciana que en 1880 se vieron obligados a cerrar cientos de talleres, dejando a otras tantas familias – todos los miembros de la familia solían participar en el proceso de fabricación – en una desesperada situación. Eso mismo le sucedió a Escalante, viéndoselas moradas para llevar a buen puerto a su numerosa prole, esposa y suegros. Ante tal situación, sus amigos, algunos de ellos muy influyentes, se aprestaron a ayudarle, consiguiéndole el empleo de Secretario de la Junta Provincial de Beneficencia, puesto que debía ocupar en 1881, pero dándose un peligroso vacío en 1880.

No está documentado, pero no es descabellado pensar que dos de sus más leales amigos, los citados Doménech y Llorente le echaran un capote, proponiéndole hacer ese año las crónicas de las tres corridas de la Feria de Julio para su diario "Las Provincias".

¿Estaba cualificado el famoso autor teatral para hablar de toros con conocimiento de causa? Creemos que sí. Eduardo Escalante era un hombre curioso, perfecto conocedor de la vida social, y, por tanto, de las corridas de toros, el espectáculo rey de la época. El joven Escalante había pasado una breve temporada en el Madrid isabelino, frecuentando esas tertulias donde se hablaba de lo divino y de lo humano, pero en las que, sobre todo, se hablaba de teatro y toros. Allí conoció a grandes y competentes aficionados, percibiéndose tal cosa cuando se lee su deliciosa obra "Un torero de estopa", estrenada en 1872 y, en la que, por boca de "Diego" habla alguien que sabe lo que es el toreo bueno. En ella aparecen los ases del momento "Lagartijo" y "Frascuelo", así como los maestros Cayetano Sanz, Antonio Carmona "El Gordo", Francisco Arjona Herrera "Cuchares", Francisco Arjona Reyes "Currito" y el infortunado Antonio Sánchez "Tato", también salen la ganadería de Veragua y los toros de Colmenar. Hay alusiones al buen toreo en los diálogos. Así, leemos "en pararlo está la grasia", es decir, toreo quieto, de brazos, propio de la primitiva escuela rondeña; "el sití curt", el citar sobre corto es signo de valor; "el sití casi encunat", cite efectuado con toda su pureza, o sea, en rectitud, por hallarse el diestro frente a la "cuna" (el espacio entre los cuernos) de la res; "lo maté resibiendo", la suerte de recibir era la suprema, poco prodigada ya cuando se escribió esta obra, de ahí su ponderación.

Las crónicas de las tres corridas feriales de 1880 están firmadas precisamente por "Un torero de estopa", conteniendo todas ellas elementos excesivamente literarios, hallándose frases como "[el público] en el teatro, como en la plaza, no suele soportar muy largas escenas". Hay alusiones a Rabelais, se menciona explícitamente "El médico a palos" de Molière (Escalante conocía bastante bien la lengua francesa), así como una frase de "La fiesta de Venus" del valenciano Querol. Las tres crónicas finalizan con un cuentecillo.

En el Madrid de la Restauración el teatro y los toros son como vasos comunicantes. No es extraño ver cómo famosos hombres de letras y críticos musicales o teatrales son también brillantes cronistas taurinos, sobre todo a partir de la aparición de "Lagartijo" – ahí tenemos los casos de Manuel Fernández y González, Mariano Pardo de Figueroa "Dr. Thebussem", Antonio Peña y Goñi "Don Jerónimo" y Luis Carmena y Millán -, pues el maestro cordobés fue el primero que proporcionó visos artísticos a aquella ruda brega taurina.

Valencia no iba a ser menos, habiendo sido precisamente un conocido autor teatral el primero que firmó las revistas de toros con su nombre y apellido: Rafael María Liern. No constituía pues ninguna novedad en Valencia el que un celebrado hombre de teatro hiciera crónicas taurinas, aunque en el caso que nos ocupa, se oculte bajo un delator seudónimo. Nadie, por otra parte, con más derecho a usarlo que Eduardo Escalante.

Abona también la hipótesis escalantina el hecho de que "Un torero de estopa" no vuelva a hacer crítica taurina después de 1880, casualmente (?) cuando don Eduardo goza ya de una mejor y totalmente estable situación económica.