OPINIÓN
CORONAHARTURA
Fiscal y escritora
SUSANA GISBERT - 17/01/2022
Susana Gisbert. /EPDA
Susana Gisbert. /EPDA

Hasta el gorro. Así estamos la mayoría de personas ante esta situación que se hace insoportable. Las dichosas olas se suceden y cada vez que nos hacemos la ilusión de que la cosa va a terminar, una nueva variante echa por tierra todas nuestras esperanzas. Y así una vez y otra.

La verdad es que si algo añoro de la época del confinamiento es la esperanza. O tal vez la ingenuidad, o un cóctel de ambas. Vivíamos con el convencimiento que después de pasarlo mal una temporada, saldríamos de casa no solo siendo mejores, sino con el virus desaparecido de nuestras vidas. Ahora resulta increíble nuestra ignorancia, pero tal vez necesitábamos creerlo, o hubiera sido imposible resistir tanto tiempo cerrados a cal y canto recibiendo, un día tras otro, noticias horribles sobre contagios y muertes.

Ya nadie aplaude en su balcón, ni en ningún otro sitio. Nos quedamos sin fuerzas, y sin ganas, aunque haya tantos o más motivos que había entonces. Pero el hastío ha venido a sustituir a todos aquellos buenos sentimientos.

El otro día leía acerca de un nuevo síndrome llamado "coronafobia" y a punto he estado de titular así este artículo, pero al final no me decidí a hacerlo. No me gusta nada esa manía de medicalizarlo todo, poniendo nombres rimbombantes a cosas de toda la vida. Y como quiera que los diagnósticos médicos me merecen mucho respeto, he preferido dejar ese término para quienes saben, e inventarme uno tan obvio que no deje lugar a dudas: coronahartura.

Estay harta de tener que llevar mascarilla a todas horas y lavarme las manos a cada rato. Estoy harta de no poder hacer planes a más de un día vista porque siempre hay alguien infectado o confinado. Estoy harta de tener que contar los comensales de una mesa, y de ponerme varias camisetas porque hay que mantener las ventanas abiertas, aunque sea invierno. Estoy harta de cruzar los dedos por miedo a que haya peores noticias y nuevas restricciones. Y estoy harta, sobre todo, de que preguntar por la salud se haya convertido en mucho más que una fórmula de cortesía.

Ignoro si se es fatiga pandémica, coronafobia o simplemente la reacción de estar hasta más arriba de las narices de esta situación. Pero no podemos dejarnos vencer. No sé si queda un último esfuerzo o alguno más, pero sé que cada día es un día menos para que esto termine. Siempre y cuando no bajemos la guardia. Sería una pena echar a perder todo lo conseguido. Sería una pena dejarnos vencer por la coronahartura