Estamos a 15 de marzo. Si nada lo impide, cuando estas lÃneas vean la luz, las fallas infantiles estarán plantadas oficialmente y las grandes ya rematan sus últimos detalles.
Mientras tanto, el mundo sigue con su locura de escalada bélica, tristeza y destrucción. Los informativos se han convertido en verdaderos relatores de la tragedia y es tan constante que incluso corremos el riesgo de insensibilizarnos.
Asà que no sabÃa por dónde llevar mis reflexiones, si tirarme la manta a la cabeza y hablar de fallas, paellas, cazalla, petardos y buñuelos como si nada más pasara en el planeta, o ponerme seria y dejarme de fiestas que no está el horno para bollos.
Finalmente, he decidido hacer una mezcla de ambas cosas. A ver cómo resulta.
Con la experiencia de toda mi vida he comprobado que las valencianas y los valencianos somos capaces, por unos cuantos dÃas, de dejar de lado todas nuestras disputas, nuestros desencuentros, nuestras preocupaciones y prácticamente todos nuestros quehaceres. Las fallas apenas duran cuatro dÃas, pero en esos dÃas lo copan todo. Y hay que disfrutarlas, que, cuando de falleros se trata, para eso hemos trabajado todo el año. Gente de ideologÃa opuesta comparte mesa, creyentes y no creyentes lloran al pasar por la Maredeueta, mientras las mascletà s y los castillos se llenan con mucha más gente de la que cabrÃa en un estadio de fútbol, o en varios. Siempre me acordaré del comentario de un amigo de fuera que, tras presenciar varias mascletà s me dijo muy serio que ya lo habÃa comprendido todo, que la cuestión estaba en que la mascletà más buena era la que más destrozaba los tÃmpanos. Y viceversa. Y tal vez tenÃa parte de razón, aunque, tras muchos años, nuestros tÃmpanos siguen resistiendo.
¿Y qué tiene esto que ver con las penurias que asolan el mundo? Pues poco y mucho, según se mire. Pero si una ciudad entera es capaz de pararse por completo por unos dÃas, de coincidir en los mismos actos y de vivir en armonÃa en estos tiempos de polarización que vivimos, todo el mundo podrÃa hacerlo. Es más, deberÃa. Si somos capaces de coincidir en los criterios para que una mascletà , una paella o una falla sean las mejores, deberÃamos saber ponernos de acuerdo en qué es lo mejor para nuestra tierra en cada momento, al margen de ideologÃas. Y quienes se dedican a la polÃtica podrÃan tomar nota.
Y, desde luego, si somos capaces de dar una tregua a nuestras rutinas, también podrÃan aprender los dirigentes del mundo a dar una tregua a los conflictos y dejar a la gente vivir. Algo tan sencillo que tan complicado se hace en muchos lugares.
Asà que, felices fallas. Ojalá a nuestra vuelta a la ruina el mundo haya mejorado.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)