Estas navidades, con la neumonía a punto de manifestarse, intenté llegar a Los Ceñajos, en el límite sur del Rincón de Ademuz, ya en terreno de Cuenca. No lo conseguí. Las aliagas, cubiertas de escarcha, cerraban el paso y se defendían como gatas panza arriba: compactas, impenetrables, imposibles de rodear.
Días después, aún convaleciente de la enfermedad, salí a caminar con la idea de llegar a la Solana Mariano, más allá del pico Peñarrubia, en Casas Bajas, camino de Sesga. Volví a fracasar. Aquí no fueron las zarzas ni las aliagas: el sendero había sido retirado del mundo.
También intenté alcanzar la Umbría la Cera, entre Casas Altas y Casas Bajas, uno de los lugares centrales de mi infancia: hallé desprendimientos, aliagas cerrando el paso, sendas abiertas por cabras salvajes que me observaban a distancia, como si aquel lugar ya no admitiera presencia humana. Fracasé otra vez. No por cansancio ni por falta de horas: los senderos ya no estaban. Se los había tragado el tiempo.
No era un accidente, sino una forma clara de irreversibilidad.
Aun así, intenté varias veces reencontrar el rastro. Me desvié, retrocedí, miré desde arriba. Nada.
No había error. El error, en todo caso, era insistir. Aquellos lugares seguían existiendo en el mapa y en la memoria, pero ya no eran accesibles: no porque estuvieran lejos, sino porque el mundo que llevaba hasta ellos ya no existía.
Sentí una tristeza honda, casi física: la senda por la que íbamos andando con el macho, el animal de carga con el que se trabajaban aquellos bancales, había desaparecido sin dejar rastro.
No era nostalgia de paisaje ni melancolía estética.
Era la constatación de que se había cerrado un orden entero de vida: el mundo de mis padres, de mis tíos, de quienes sacaban adelante lo justo en una intemperie sin épica.
Un mundo que conectaba con formas de vida muy antiguas y que, de pronto, se revelaba como definitivamente acabado. Me dolió constatarlo.
Luego hablé con mi madre y con mi tío Francisco. Ambos pasan de los ochenta; mi tío se acerca ya a los noventa. Les conté la caminata frustrada, la tristeza. Y su respuesta fue inmediata, casi idéntica: que ese mundo haya terminado es una buena noticia. No dijeron que no hubiera sido valioso. Dijeron que había sido durísimo. Que la vida allí era complicada, áspera, sin romanticismo. Que no merecía ser idealizada. Que no les daba ninguna pena. Que ojalá hubiera terminado ese mundo mucho antes. Que ojalá nunca lo hubieran conocido.
Ese juicio, dicho sin énfasis y sin teoría, me descolocó más que la desaparición de los senderos. Venía de quienes lo habían vivido de verdad; no de quienes lo miramos ahora desde la distancia, con una mezcla de afecto y culpa.
Recordé entonces a Paco Candel y su advertencia: que para los ricos -o para quienes miran desde fuera- ese mundo solo puede convertirse en folklore, en motivo de excursión, en almuerzo campestre, en nostalgia cómoda gestionada por quienes nunca la habitaron. Un decorado amable de una dureza que no les tocó padecer. Para quienes lo vivieron, en cambio, no hay mito posible: hay memoria del esfuerzo, del límite, de la intemperie.
Tal vez por eso no llegué a La Solana Mariano ni a Los Ceñajos ni a La Umbría la Cera. No porque el monte se haya cerrado, sino porque ya no tiene sentido llegar como antes. Porque insistir en ese acceso sería fingir continuidad donde solo queda recuerdo.
Aceptar que algunos mundos deben terminar -aunque nos duela- no es traición a la memoria. Es respeto por la verdad de quienes los habitaron. Y quizá también una forma más honesta de caminar hoy: no buscando senderos que ya no existen, sino aprendiendo a caminar sin convertir el pasado en postal.