Cada Semana Santa, en Orihuela, ocurre algo que no se explica en voz alta. Un paso procesional se detiene ante la catedral y no entra. No es un fallo ni una casualidad: es una tradición. Pero lo que representa esa figura -y por qué permanece fuera- sigue generando preguntas incómodas.
La Semana Santa en la Comunitat Valenciana despliega un catálogo que transita entre la devoción más absoluta y la representación del martirio. Sin embargo, existe una figura que rompe cualquier esquema preestablecido y, por derecho propio, es uno de los enigmas más perturbadores: «El Triunfo de la Cruz», popularmente conocida como «La Diablesa de Orihuela». No es una leyenda ni un rumor: es una presencia real que, cada Sábado Santo, hay algo difÃcil de ignorar en el corazón de la tradición.
La historia comienza a finales del siglo XVII (1694–1695), cuando el escultor francés Nicolás de Bussy, ejecuta una obra destinada a representar la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Pero el resultado final parece ir más allá de esa intención. En la base del conjunto, un esqueleto humano encarna la muerte. Junto a él, una figura demonÃaca de rasgos ambiguos -con formas femeninas, alas y cuernos- no aparece derrotada, sino presente, casi consciente de quien la observa.
Ahà es donde comienza la incomodidad.
En el contexto del arte barroco, el mal suele representarse sometido, reducido a sÃmbolo. AquÃ, en cambio, la figura no desaparece bajo el peso de lo sagrado. Permanece. Comparte el espacio. Y esa persistencia ha generado, durante siglos, una sensación difÃcil de definir entre quienes la contemplan de cerca.
El momento clave ocurre durante la procesión del Santo Entierro. Cuando el cortejo alcanza las puertas de la catedral, todos los pasos acceden al interior… excepto uno. «La Diablesa» se detiene fuera.
No hay proclamaciones públicas ni explicaciones detalladas que se repitan cada año. Simplemente ocurre. Generación tras generación, la figura queda en el umbral, como si existiera una frontera invisible que no puede cruzar.
Ese instante -el paso detenido, la figura en penumbra, el interior del templo iluminado al fondo- ha alimentado durante décadas interpretaciones en voz baja. Hay quienes ven en ello un gesto simbólico: el mal no entra en lo sagrado. Pero también hay quienes señalan la incomodidad que provoca, año tras año, a esa figura en un espacio intermedio, ni dentro ni fuera, como si su presencia exigiera ser contenida.
Algunos portadores y testigos han descrito una sensación particular al acompañar el paso: una percepción de peso irregular, una tensión que no aparece en otros tronos, o una impresión difÃcil de explicar al situarse cerca de la figura en momentos de silencio. No hay pruebas concluyentes, ni afirmaciones oficiales. Solo coincidencias en relatos que rara vez se dicen en público.
La talla sobrevivió a la destrucción patrimonial del siglo XX, lo que añade otra capa a su historia. No fue eliminada ni relegada. Y sigue ocupando el mismo lugar incómodo dentro del conjunto ritual.
«La Diablesa» representa algo poco habitual, no se oculta, pero tampoco se integra plenamente. Lo mantiene en el lÃmite. Visible, pero contenido.
Quizá ahà reside su fuerza.
Porque más allá de su valor artÃstico o histórico, lo que ocurre cada Semana Santa en Orihuela no es solo una tradición. Es la repetición de un gesto cuyo significado nunca se ha cerrado del todo. Y tal vez por eso sigue inquietando.