En un edificio apartado, entre caminos rurales y memoria difusa, sobreviven restos de porcelana, ecos de industria y relatos que nadie ha logrado explicar del todo.
A las afueras de Segorbe, allí donde el campo comienza a imponerse sobre el asfalto y el ruido urbano se diluye, se alza un edificio que parece resistirse al paso del tiempo. La fachada, castigada por la intemperie, apenas insinúa que entre esos muros funcionó durante años una fábrica de muñecas de porcelana. Hoy, sin embargo, su identidad ya no se asocia tanto a la actividad que albergó como a la extraña desazón que despierta en quienes se acercan.
El inmueble tuvo otras vidas antes. Su historia se remonta al siglo XVIII, cuando fue levantado en el área de influencia de la Cartuja de Valldecrist. Como tantas construcciones de su época, fue adaptándose a las necesidades de cada momento, pasando por usos agrícolas y dependencias auxiliares. Guerras, relevos de propietarios y largos periodos de abandono fueron dejando capas invisibles de memoria. Durante la Guerra Civil, según relatan vecinos y tradiciones orales, el lugar habría adquirido un papel estratégico. Se evocan guardias nocturnas, movimientos discretos y episodios que nunca quedaron fijados en documentos oficiales como usar el pozo cercano para arrojar cadáveres de ajusticiados.
Décadas después, en los años setenta, el escultor Ramón Inglés dio un giro al destino del edificio. Las estancias se llenaron de moldes, hornos y figuras delicadas. Allí se modelaban rostros, manos diminutas y cuerpos de porcelana destinados a escaparates y colecciones privadas.
Durante un tiempo, la fábrica simbolizó prosperidad y artesanía. Pero el equilibrio fue frágil. Las dificultades económicas y la muerte del propietario precipitaron el cierre en los noventa. Lo que quedó dentro, inmóvil y silencioso, dejó de tener utilidad.
Desde entonces, el abandono transformó el espacio. Quienes han cruzado sus salas hablan menos de ruinas y más de sensaciones. El aire denso, el crujido de la madera y la visión inesperada de muñecas incompletas componen una experiencia difícil de describir sin recurrir a lo emocional. Entre polvo y cascotes sobreviven cabezas sin ojos, extremidades sueltas y miradas de vidrio que parecen conservar una presencia muda. Algunos visitantes mencionan ruidos imprecisos o la impresión persistente de no estar solos. Otros reconocen un impulso repentino de marcharse, como si el edificio marcara sus propios límites.
Las anécdotas más repetidas giran en torno a quienes decidieron llevarse pequeños objetos. Fragmentos de porcelana, piezas olvidadas, recuerdos improvisados. No faltan relatos de devoluciones posteriores, motivadas por la incómoda certeza de que algo no encajaba desde aquella visita. No hay pruebas que sostengan estas historias, solo testimonios que circulan discretamente.
La antigua fábrica de muñecas de Segorbe persiste entre ruinas en un territorio incierto, donde se entrelazan pasado industrial, memoria colectiva y un enigma que, pese al paso de los años, sigue sin disiparse del todo.