La mayor parte de la vida no ocurre cuando creemos que ocurre. Ocurre mientras esperamos. En la cola del supermercado, en una sala de espera, detenidos en un atasco o mirando el reloj en una reunión que parece no terminar nunca. Durante años pensamos que ese tiempo no cuenta, que la vida empezará después. Y sin embargo es ahí donde se va quedando, como tiempo que no volverá.
Aprendemos muy pronto a despreciar esos momentos. A considerarlos un paréntesis, una interrupción entre lo importante y lo verdaderamente nuestro. Esperar se convierte en algo que hay que soportar, no en algo que se vive. Miramos el móvil, suspiramos, pensamos en lo que haríamos si estuviéramos en otro lugar. Como si la vida estuviera siempre a punto de empezar en otra parte.
Pero también se nos va el tiempo cuando algo pesa. Cuando cumplimos con una visita que no deseamos, aceptamos una tarea ingrata, atravesamos una tarde sin entusiasmo o asistimos por compromiso a un evento donde uno vaga entre voces y ruido. No son grandes desgracias ni grandes decisiones. Son horas corrientes, casi invisibles. Y sin embargo en ellas se queda una parte de la existencia.
Con los años ocurre algo extraño. Uno empieza a sospechar que la vida es también eso, o quizá sobre todo eso, y que las noticias buenas, los viajes esperados o los momentos de felicidad plena se parecen a los caramelos en la puerta de un colegio: breves, luminosos, destinados a desaparecer. La vida sucede también en esas horas pequeñas que nadie recuerda después.
Entonces uno descubre también otra cosa: que muchas veces no esperamos nada concreto. Esperamos a que algo empiece, a que algo cambie, a sentirnos por fin en el lugar adecuado. Y mientras tanto los días pasan sin hacer ruido, como si fueran provisionales.
Detenerse en esos momentos sin importancia aparente resulta incómodo. Porque obliga a reconocer algo que preferimos aplazar: que la existencia no empieza después de la espera, sino dentro de ella. Y que, mientras esperamos a que algo ocurra, casi siempre ya está ocurriendo.