Hace ya algunos años, cuando empezaba mi andadura profesional y me planteaba formar una familia, una amiga mÃa me dijo algo a lo que no di importancia en su dÃa, pero en la que luego he pensado muchas veces, y sigo haciéndolo.
En ese momento, cumpliendo al pie de la letra eso de que "el casado casa quiere" nos compramos nuestra casa. Nos hipotecamos como hacÃa todo el mundo que tenÃa cierta estabilidad y nos convertimos en propietarios. Y precisamente en este punto fue donde vino el comentario de mi amiga. DecÃa que éramos, probablemente, la última generación de propietarios, porque la vida no darÃa esa oportunidad a nuestras hijas e hijos.
La verdad es que no tomé en serio tan sesuda reflexión. En mi ingenuidad, creÃa que la vida seguirÃa su curso y que nuestra descendencia también encontrarÃa el momento de adquirir una vivienda, un lugar donde vivir.
Pero el tiempo me ha demostrado que mi amiga tenÃa toda la razón del mundo. Las nuevas generaciones tienen muy difÃcil el acceso a la vivienda, no siquiera en concepto de alquiler. Aunque suene a tópico, los precios se han puesto tan por las nubes que ni siquiera uno o dos sueldos fijos dan para comprar una casa, salvo que se trate de salarios muy altos o de que una herencia u otra circunstancia extraordinaria haya puesto fáciles las cosas. Asà que lo del refrán se queda en agua de borrajas. El casado, o emparejado puede querer casa, pero se va a quedar con las ganas en la mayorÃa de casos.
Nuestra Constitución garantiza el acceso a la vivienda, pero eso no significa que el estado vaya a proporcionárnosla, igual que no nos proporciona un cónyuge por más que se garantice la protección a la familia y el derecho a contraer matrimonio. Aunque en uno y otro caso papá Estado ha de remover los obstáculos que nos impidan disfrutar de ese derecho, y ahà es donde está el problema. Nadie ha dado con la fórmula que equilibre este derecho con el derecho a la propiedad privada. Y no sé si lo encontrarán alguna vez.
Lo que está claro es que para nuestra juventud la situación es difÃcil. Solemos decir que lo han tenido todo muy fácil, pero en cuanto a la vivienda, de fácil, nada. Porque hoy son mayorÃa los treintañeros y treintañeras que siguen viviendo con sus padres o que, de independizarse, han de hacerlo con la fórmula del piso compartido. Una fórmula que, además, puede ser una fuente de conflictos.
Asà que, al final, va a resultar que mi amiga tenÃa razón. Por desgracia.