Después de una emergencia, el tiempo no se mide solo en plazos administrativos. Se mide en rutinas que no vuelven, en espacios que permanecen vacíos y en una ciudadanía que sigue esperando señales claras de recuperación. Por eso hay que decirlo sin rodeos: no tiene ningún sentido común que, tras una catástrofe, un parque infantil tenga que esperar dos años para empezar a existir.
La realidad es tan clara como difícil de explicar a quién la sufre. Ocho meses para diseñar la memoria del proyecto. Ocho meses más para licitar el proyecto de ejecución. Y ocho meses adicionales para ejecutar la obra. En total, 24 meses de trámites para recuperar un espacio que ya estaba ahí y que era esencial para la vida del barrio. Todo ello después de una emergencia que alteró profundamente el día a día de muchas personas.
Mientras tanto, los barrios afectados conviven con solares donde antes había jardines, juegos infantiles y espacios de encuentro. Lugares pensados para personas mayores, para niños y niñas, para familias, que hoy funcionan como recordatorios permanentes de lo vivido. Y esa espera no es neutra. El Ayuntamiento, en colaboración con la Universitat de València, ha elaborado un estudio que calcula un aumento del 620 % en la demanda de atención psicológica en los barrios más afectados. No hablamos solo de obras, hablamos de salud mental. De cómo la lentitud en la reconstrucción prolonga la sensación de emergencia y dificulta la recuperación emocional de la ciudadanía.
No se trata de cuestionar la legalidad de los procedimientos, sino de preguntarnos si son adecuados para situaciones excepcionales. Una catástrofe no puede tratarse como una obra ordinaria. Aplicar los mismos tiempos y los mismos mecanismos administrativos ignora el contexto y el impacto real que tiene la espera en la vida de las personas.
Desde el ámbito municipal estamos haciendo nuestro trabajo. Pero es imprescindible que el Ministerio de Política Territorial permita que los fondos europeos y las ayudas a la reconstrucción se ejecuten con criterios de emergencia, y no sometidos a procesos pensados para la normalidad administrativa. Porque lo que está en juego no es solo la ejecución de una obra, sino la dignidad, el bienestar y la salud de nuestros barrios.
La reconstrucción no es solo de hormigón. Es devolver espacios de convivencia, normalidad y esperanza. Y para eso, el primer material que debería ponerse sobre la mesa es el sentido común.
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