Susana Gisbert. /EPDATodo el mundo hemos escuchado como alguien nos califica de “ansia viva”, o nos han dicho eso de “eres una ansias”. Aunque, en realidad, lo correcto sería decirme que soy una ansiosa, la utilización -gramaticalmente incorrecta- del sustantivo en lugar del adjetivo parece que da mucho más énfasis a la expresión, al margen del componente de moda en el uso del lenguaje.
Sea como fuere, me reconozco en esas frases. Confieso que soy una ansias, o una ansiosa, y siempre lo he sido. Pero ahora, contagiada por la instantaneidad de la vida moderna, todavía lo soy más. Porque como hoy en día lo queremos todo aquí y ahora y, en muchos casos, lo podemos tener, la pacencia ha pasado de ser una gran virtud a ser una quimera.
Antes quedábamos con alguien en un sitio a una hora determinada y esperábamos más o menos pacientemente en el lugar y momento concertado. Ahora ni siquiera hace falta concertar un lugar ni una hora. Basta con un “te aviso cuando esté por allí y te envío la ubicación” y asunto arreglado. Eso sí, como se quede sin batería el móvil, se estropee o te lo dejes olvidado, estás perdida. Seguro que a todo el mundo le ha sucedido alguna vez.
El problema viene cuando esperas que llegue la persona, o que te llame, o lo que sea. Y ahí aparece la impaciencia, por no llamarla ansiedad. Llamadas o mensajes de “¿llegas ya?” empiezan a surgir de nuestros deditos, casi sin pensarlo y, si el interlocutor puede y quiere, llegan los “estoy llegando” en diversos estadios.
Y esto vale para todo. Para quien espera una llamada, por ejemplo. Recuerdo pasar más de una tarde en mi adolescencia sentada junto al teléfono esperando a ver si el chico al que había echado el ojo me llamaba. Sin dejar de hacer guardia junto al auricular, no fuera a ser que lo cogieran mis padres y se me fastidiara la anhelada cita. Pensándolo bien, tal vez aquellas tardes son las que me han convertido en la ansias que soy hoy.
Igual es el momento de poner el freno y echar marcha atrás. No todo se puede tener aquí y ahora y ni siquiera es bueno que así sea. A veces conviene darse un tiempo par pensar, o trabajar la paciencia y la reflexión, porque hay cosas que necesitan macerarse o se quedan crudas.
Me voy a aplicar el cuento, por no hacer aquello de “consejos vendo que para mí no tengo”. Pero la verdad es que cuesta
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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