Susana Gisbert. /EPDAEl otro día un escritor me hablaba de las virtudes que tiene escribir a mano, algo que cada día olvidamos más. Decía que Obama contestaba cartas manuscritas porque eran mucho más personales y porque para hacerlo es mucho más necesario parase a pensar antes de plasmar las cosas en papel, ya que la escritura manual es más lenta y no da la opción de borrar e ir atrás.
Esas palabras me recordaron otra costumbre que también ha desaparecido prácticamente: la de escribir diarios. Todo el mundo que tenemos una edad hemos recibido como regalo alguna vez un diario, y también hemos tenido la firma intención de escribir en él todos los días, una intención que se diluye hasta desaparecer al cabo de poco tiempo. O así era, al menos, en mi caso.
Pero, por suerte, ha habido en la historia otras personas más constantes. Si no fuera así, el legado de Anna Frank no habría llegado hasta nosotros, y tampoco lo habrían hecho otras muchas historias. Incluso aquella serie de nuestra infancia, La casa de la pradera, estaba inspirada en los diarios de una de sus protagonistas, Laura Ingalls.
El diario, además, se convertía en un género literario en sí mismo, y también en un modo de narrar en el cine. Pensemos en El diario de Bridget Jones o El diario de Noah, o en obras maestras como La tesis de Nancy, que parte de un supuesto diario. En mi infancia, recuerdo haber visto en las estanterías títulos como El diario de un muchacho de PREU o El diario de Ana María, obras que pertenecían a mis hermanos y jamás leí, pero cuyo título se quedó grabado en mi memoria por alguna extraña razón.
En cualquier caso, escribir un diario es una bonita costumbre que no deberíamos haber perdido. Incluso hay psicólogos que lo recomiendan, así que por algo será.
Ahora me gustaría tener en mis manos aquel diario de flores rosas y con un candadito también rosa que me regalaron de niña y en el que juré que escribiría cada día. Me encantaría haber cumplido mi juramento y poder reencontrarme con la niña que fui. Pero, lamentablemente, eso no es posible, y me he de conformar con lo que mi mente ha guardado y almacenado a través de los años y yo soy capaz de recordar.
No voy a ser tan ingenua de volver a prometerme a mí misma que escribiré cada día en un diario, aunque no estaría mal hacerlo. La vida actual no casa bien con esos momentos de reflexión íntima. Pero, al menos, recuperemos la práctica de escribir a mano de vez en cuando. Seguro que nos viene bien
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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