Blas Valentín./EPDANunca se había hablado tanto y entendido tan poco. Abrir cualquier red social o escuchar cualquier tertulia lo confirma: la conversación se ha ido desplazando hacia la reacción inmediata.
Basta un episodio público para que todo se llene de reproches, juicios inmediatos y posiciones morales apresuradas. Opinar se convierte entonces en una forma de pertenecer: importa menos entender que dejar claro de qué lado se está. Pensar en grupo evita la incomodidad de pensarse a solas, y también el riesgo de quedarse sin aplausos o sin likes.
Hablar se ha convertido en una forma de presencia. Se opina antes de entender, se juzga antes de mirar y se habla como si el silencio fuese una forma de derrota. En un clima donde el conflicto otorga visibilidad y pertenencia, la rapidez empieza a confundirse con la razón: pronunciarse importa más que comprender.
Lo inmediato suele parecer evidente. Pero lo evidente casi nunca es lo completo. La realidad rara vez se presenta de forma simple; detrás de cada gesto suelen quedar cosas que no caben en un titular ni en una reacción instantánea.
En situaciones de tensión, el juicio suele adelantarse a la comprensión. Lo vemos a pequeña escala —en una clase, en un trabajo, en cualquier grupo humano—: un gesto aislado basta para fijar una versión, y a partir de ahí todo lo demás deja de importar. El matiz llega tarde, cuando ya nadie lo necesita.
La simplificación tranquiliza. Permite decidir rápido, situarse, sentirse parte de algo. El problema es que, cuando todo se simplifica, también desaparece la posibilidad de entender. Es verdad que no todo admite matices, y que hay momentos en los que la posición debe ser clara. Pero incluso lo evidente se entiende mejor cuando no se juzga a ciegas ni se convierte en espectáculo.
Y no ocurre solo en la política o en las redes. Nos ocurre a todos. También en lo cotidiano resulta más fácil juzgar deprisa que aceptar que no entendemos todavía lo que está pasando.
No se trata de que la conversación pública sea hoy más agresiva que antes. Es simplemente más rápida. Y en la rapidez desaparecen las dudas, que siempre son lentas. Comprender exige tiempo; reaccionar solo exige posición.
Hace siglos, Baltasar Gracián ya advirtió algo parecido. Aconsejaba hablar “como en testamento”, porque la palabra, una vez dicha, ya no vuelve. No era una recomendación moral, sino una observación práctica: cuando la palabra se precipita, el pensamiento queda detrás.
La prudencia, en ese sentido, no tenía que ver con callar, sino con no dejarse arrastrar por la urgencia del momento. Algunas palabras necesitan tiempo para encontrar su lugar; otras solo adquieren sentido cuando dejan de discutirse.
Por eso hoy resulta incómoda la medida. Obliga a detenerse cuando todo empuja a reaccionar. Y detenerse, cuando todo exige tomar partido de inmediato, empieza a parecer una forma extraña de libertad.
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