Susana Gisbert. / EPDA
La pasada semana se inauguraba en Paterna una exposición que nadie se debería perder. Se titula “Las 20 rosas de Paterna” y, comisariada por la fotoperiodista Eva Mañez, tiene por objeto homenajear a las mujeres que fueron fusilada en el cementerio de Paterna, en lo que dio en llamarse “el paredón de España” y que, en su mayoría, fueron arrojadas a las fosas comunes de dicho cementerio, duplicando el dolor y la ignominia.
Seguro que, a estas alturas, hay alguien que todavía insiste en que no es necesario abrir viejas heridas y que hay que dejar atrás este tema. Pero nada más lejos de la verdad. Y ello por varias razones.
En primer lugar, porque, en un momento como en el que vivimos en que resurgen con fuerza movimientos que exaltan el régimen franquista y que el mundo entero tiembla ante el auge de nuevos -o no tan nuevos- fascismos, es preciso contar todo lo que aquello supuso.
Pero no solo eso. Casi más importante es la aplicación de la perspectiva de género a un tema en el que casi nadie se había plantearlo hacerlo. Se ha hablado mucho de los hombres fusilados y represaliados, peo muy poco de las mujeres, excepción hecha, tal vez, del caso de las 13 rosas que, merced al libro y a la película, han alcanzado una consideración de símbolo con tintes casi románticos. Pero, por desgracia, no fueron la únicas ni fueron una excepción. Y esta exposición trata, precisamente, de demostrarlo, y de visibilizar a estas mujeres que se dejaron la vida mientras buscaban un mundo mejor. Y lo que aquí se hace es ponerles cara y contar sus historias. Imprescindible.
Y es que, si leemos sus historias, nos damos cuenta de la crueldad desmedida que primero el régimen y luego la desmemoria, han tenido con estas mujeres. No podemos perder de vista que muchas de ellas fueron víctimas de una culpabilidad por delegación, por el solo hecho de ser pareja, madre o hija de algún hombre al que se perseguía. Incluso en varios casos, cuando a su pareja masculina se le conmutó la pena de muerte, la mujer ya había sido fusilada. Había que acabar con ellas porque eran peligrosas, no fueran a convertirse en un ejemplo a seguir.
Objetos como un dedal o un zapato de tacón encontrados en esas fosas de la vergüenza, contextualizan estas historias y cobran vida ante nuestros ojos, dotando de humanidad a lo que podía no pasar de ser un nombre más. Una de ella, sin siquiera apellidos.
Así que tenía que contarlo. Y recomendarlo. Gracias, Eva Mañez, por hacerlo posible.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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