Susana Gisbert. / EPDA
Un año más, llegan las Fallas. Este domingo fue ya la Crida -llamada, en castellano- que supone el pistoletazo de salida de nuestras fiestas, en una fecha más temprana que casi siempre, por puro capricho del calendario, que ha querido que el último domingo de febrero dejara una semana por delante hasta llegar a marzo.
Nada nuevo bajo el sol, se supone. Aunque solo el hecho de que sea bajo el sol ya sería una novedad, porque el año pasado nos mojamos de lo lindo, con la Ofrenda más rápida que he conocido en mi vida. Espero que este año copiemos la rapidez, pero no la meteorología, pero nunca se sabe.
No obstante, sobre lo que me gustaría reflexionar es sobre otra cuestión, que afecta a las Fallas, pero va más allá. Me refiero a esas cosas que creemos que siempre serían igual, y, de pronto, nos dan un golpe de realidad. Tanto por lo que pase en el mundo como por lo que pasa a cada cual.
Y es que, desde que tengo memoria, cuando llegaba el 15 de marzo se plantaban las fallas, se hacía la ofrenda el 17 o 18 de marzo, según tocara, y quemábamos la falla el día de San José. En el tiempo que media entre unas cosas y otras, quienes amamos esta fiesta la disfrutábamos a tope. Y así, un año tras otro, en una sucesión que parecía ser inamovible. Pero no fue así, y en el 2020 nos quedamos sin Fallas, cuando gran parte de los monumentos estaban plantados, por culpa de la pandemia. No podíamos creernos que nos movieran esa verdad universal, pero lo soportamos, y no solo eso, sino que las siguientes fiestas falleras, las de 2021, se trasladaron al mes de septiembre, por las mismas causas, y con unas medidas que nunca hubiéramos concebido.
Otra vez, es la propia historia personal la que cambia las cosas. Quienes me conocen o me leen -o ambas cosas- sabrán que mi madre nos dejó para siempre en el mes de marzo pasado, en mitad de nuestras queridas fiestas. Por razones obvias, no asistí a ninguno de los eventos falleros, excepción hecha de la Ofrenda, a la que fui vestida de valenciana como siempre había hecho, junto a mi hija, el mismo día del entierro. Pensé, y sigo pensando, que es lo que ella hubiera querido y, aunque supuso un esfuerzo, no me arrepiento de ello. Su recuerdo quedará siempre vinculado a las fiestas que tanto nos gustaban.
Ahora comienzan las primeras Fallas sin ella. O, mejor dicho, sin su presencia física, porque su recuerdo está presente cada día, y así será siempre.
Felices Fallas a todo el mundo
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)
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