Carlos Mazón. EPDA
La reciente decisión del Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana de no investigar a Carlos Mazón por la gestión de la DANA de 2024 vuelve a poner algo de cordura en un debate que, durante meses, ha estado más marcado por la emoción y el señalamiento político que por el rigor.
Conviene recordar un hecho básico que se ha obviado de forma interesada: Mazón no era quien debía dar la orden del sistema ES-Alert. No formaba parte del nivel operativo encargado de activar ese mecanismo. Sin embargo, buena parte del foco mediático y político se dirigió contra él como si fuera el responsable directo de cada decisión técnica tomada en plena emergencia. Se simplificó una cadena compleja de mando para construir un relato fácil: un único culpable.
Pero las emergencias no funcionan así. Exigen estructuras claras, responsabilidades bien definidas y, sobre todo, cargos públicos que sepan exactamente cuál es su papel y lo ejerzan sin titubeos. Quien tiene la competencia debe asumirla, y quien no la tiene no puede convertirse en chivo expiatorio por conveniencia política o presión social.
La resolución judicial no afirma que todo se hiciera bien; simplemente establece que no hay base penal para atribuirle a Mazón una conducta delictiva. Y eso es importante: porque una cosa es la crítica política —siempre legítima— y otra muy distinta es forzar responsabilidades penales donde no corresponden.
Ahora bien, hay una pregunta incómoda que apenas se ha planteado en este debate: ¿quién valora la responsabilidad de los últimos gobiernos de España por no ejecutar las obras preventivas que estaban aprobadas y previstas? Infraestructuras hidráulicas, encauzamientos, planes de prevención… proyectos que llevaban años sobre la mesa y que, de haberse materializado, podrían haber mitigado el impacto de la tragedia. De esto casi nadie habla, porque a los medios sólo les interesa el morbo y desgastar al político que no es el preferido por sus jefes.
Resulta llamativo que esa responsabilidad estructural, más profunda y menos inmediata, quede fuera del foco mientras se concentran todas las críticas en la gestión de unas horas críticas. Es más sencillo señalar a una persona que asumir fallos acumulados durante años.
Si de verdad se quiere aprender de lo ocurrido, el debate debería elevarse: menos personalización interesada y más análisis serio de competencias, decisiones y, sobre todo, de las omisiones que preceden a las catástrofes. Porque las tragedias no empiezan el día que llueve, sino mucho antes.
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