Estoy casi segura de que, si hablo de “Una noche de copas” mucha gente, sobre todo usuaria de redes sociales, comienza a tararear una pegadiza canción que en estos días se nos aparece por tierra, mar y aire. Si a eso añado “Quiero que me deeeeeees, un besito nada más” -con mucho alargamiento de e- ya no cabe duda. Se trata de la orquesta que se ha vuelto viral por una de esas razones que solo conocen los algoritmos o el destino. Cuatro chicas que responden al nombre de “Nueva línea” y que, hasta que las redes las encumbraron al estrellato, se dedicaban a actuar de verbena en verbena por los pueblos de Canarias.
Hay que reconocer que las chicas lo hacen bien, aunque resultan un poco naif en su coreografía y puesta en escena, y probablemente de ahí venga su encanto. Pero también hay que reconocer que hay otras orquestas que lo hacen igual de bien, y de las que apenas se habla. Porque esas formaciones, las orquestas que van de verbena en verbena, de pueblo en pueblo, no son lo suficientemente valoradas. Y ha de venir un golpe de suerte como el de Nueva línea para recordarlo.
No hay fiesta de pueblo o ciudad, celebración o festividad que no tenga uno o varios días de verbena. Y no hay verbena que se precie sin una orquesta para animarla y para animarnos a bailar.
Cuando los vemos en el escenario, no pensamos en todo lo que lleva detrás. Sacrificio, trabajo en festivo, horarios cambiados y noches en vela, además de formación para conseguir llevar de un lugar a otro su espectáculo. Y no únicamente la de los cantantes y músicos, que es la parte visible, sino la de técnicos de luz y sonido, montadores y quienes hacen todo lo necesario para que el resto de personas nos divirtamos mientras ellos dan el callo.
No sé lo que durará la fama de Nueva línea, ni los bolos que habrán conseguido a raíz de lo sucedido. No sé si serán flor de un día o consolidarán una carrera exitosa, pero lo que no podemos hacer es perder la oportunidad de valorar todas estas formaciones que trabajan para que los demás disfrutemos.
Pensémoslo la próxima vez que vayamos a una verbena, que escuchemos una canción o veamos los esfuerzos de una orquesta para animar a la gente, a veces contra viento y marea. El mundo necesita alegría y lo menos que podemos hacer es dar las gracias a quienes nos la proporcionan.
Aunque solo sea por un ratito.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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