Susana Gisbert. / EPDA
Quienes tenemos cierta edad, seguro que recordamos aquel programa de televisión presentado, si no me equivoco, por Ana Obregón y Ramón García, en que ciudadanos y ciudadanas anónimos ganaban su minuto de gloria rompiendo un número increíble de nueces con el pompis, recitando el alfabeto sánscrito del revés, permaneciendo un número inusitado de minutos colgados de una cuerda por los dientes o cualquier hito inimaginable.
Era un programa familiar, y esto, probablemente, contribuyó, junto a aquel título de “apuestas deportivo-benéficas” que tenían los boletos de la quiniela, a mi idea un tanto naif de las apuestas. Mucho tiempo más tarde aparecieron las casas de apuestas y las apuestas por Internet, con el consiguiente riesgo de adicción, pero siempre las relacioné con el deporte, y especialmente, con el fútbol, algo que me era ajeno entonces y ahora.
También hemos sabido de las apuestas sobre quién ganaría Eurovisión, una vuelta de tuerca más, aunque sin salirnos del aspecto lúdico festivo. O eso creía yo.
Porque hace unos días oía hablar en televisión sobre las apuestas sobre la guerra. Sí, sobre la guerra. Los apostantes se jugaban su dinero tratando de adivinar si habría guerra o paz en uno o varios lugares, y cuanto duraría esta. Algo que significa, ni más ni menos, que hay quien se está enriqueciendo cada vez que una bomba mata a un montón de niñas, acaba con un hospital o devasta una población. Tremendo.
No sé quién ni cuántas personas son capaces de apostar sobre un tema así, pero me quedo de pasta de boniato. Me resulta increíble que en un mundo que se está jugando su futuro, se pueda frivolizar de esta manera, con ingentes cantidades de dinero de por medio.
Así es que, de pronto, me percato de que la manida expresión “apostar por la paz” puede tener un significado mucho menos solidario de lo que siempre he pensado. Que hay a quien le importa porque supone embolsarse una cifra nada despreciable de dinero, sin que les importen lo más mínimo las vidas humanas, la devastación, ni el dolor. Y no sé si me da más pena que rabia, si me indigna más que me entristece
En cualquiera de los casos, hay que apostar por la paz. Pero apostar de verdad, sin casas de apuestas ni dinero de por medio. Pero igual sigo siendo igual de naif que cuando, hace mucho tiempo veía Qué apostamos en televisión o rellenaba con mi padre la quiniela soñando, como cantaba Perales “con una de catorce”.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
Comparte la noticia
Categorías de la noticia