Susana Gisbert./EPDA Un año más, San Juan. Y un año más, confieso que me sigue sorprendiendo como hemos interiorizado en Valencia una fiesta que yo no recordaba como nuestra. Cuando era pequeña, se hablaba del santo del rey como si eso fuera una festividad en sí misma, pero nada de nada. Tampoco recuerdo que nos dieran fiesta en los colegios, entre otras cosas, porque los colegios ya habían terminado. Por supuesto, sabía de la existencia de las Fogueres, las fiestas que vestían una ciudad con los colores de los trajes, el ruido de la pólvora y el cartón piedra de sus monumentos. Pero eso era Alicante, y por aquí ya habíamos disfrutado meses antes de colores, pólvora y cartón piedra.
No recuerdo nada, sin embargo, de saltar olas o hacer hogueras en la playa hasta bien mayorcita. También sé que existían ciertas tradiciones de este tipo en otros lugares, como en Cataluña, pero no aquí. Al menos en mi entorno.
Poco a poco, interiorizamos lo de San Juna. Y, bien pensado, no tiene nada de raro. Si nos tragamos fiestas que nos son del todo ajean como Halloween, ¿por qué no íbamos a hacerlo con una San Juna que se celebra en lugares que tenemos a la vuelta de la esquina? Y dicho y hecho. Poco a poco, fuimos adoptando la costumbre de invadir las playas la noche de San Juan, quemar trastos y saltar olas -nunca sé exactamente cuántas- y, ya de paso, celebrar alguna cenita y tomarnos algunas copitas. Hasta que se nos fe de las manos, como suele pasar. La noche de San Juan se convirtió en un botellón gigante que dejaba las playas llenas de basura y los hospitales llenos de comas etílicos. Así que había que darle una vuelta de nuevo.
No tardaron en llegar las prohibiciones. Nada de fuegos incontrolados ni de arrasar las playas que no está el medio ambiente para bromas. Que se celebre San Juan, pero de una manera ordenada, que enseguida nos venimos arriba.
Aunque yo siempre me acuerdo de una noche de San Juan, cuando ya estaba acostumbrada a celebrarlo, que me pilló fuera de mi ciudad por razones de trabajo. Mi compañera y yo, ni cortas ni perezosas, llenamos la bañera de la habitación del hotel y, mientras una movía el agua imitando unas olas bastante rústicas, la ora daba un saltito ridículo teniendo en cuenta las dimensiones de la bañera, y después invertimos los papeles, muestras de risa.
Es la celebración de San Juan que más recuerdo, y lo hago siempre con una sonrisa. Y es que, para celebrar la vida, cualquier cosa vale. Siempre que haya ganas.
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