Carmen Alborch en uno de los muchos homenajes que recibió en su carrera. /EPDASi la exministra de Cultura Carmen Alborch levantara la cabeza, probablemente sentiría una mezcla de tristeza y rabia. Tristeza por comprobar cómo un partido que ha sido vanguardia en la defensa de los derechos de las mujeres ve hoy erosionada su credibilidad por comportamientos que nunca debieron tener cabida. Rabia porque el daño causado no es coyuntural ni menor: es profundo, simbólico y difícilmente reparable.
No podemos mirar hacia otro lado ante los casos de presunto acoso sexual, actitudes impropias y silencios cómplices que están salpicando al PSOE. No se trata solo de nombres concretos —Ábalos, Salazar y otros— sino de una cultura interna que, cuando falla, invalida discursos, leyes y consignas. ¿Para qué tanta pedagogía sobre el “solo sí es sí” o el “no es no” si después el partido que más ha legislado y reivindicado el feminismo no es capaz de aplicarlo con contundencia en su propia casa?
El machismo y el patriarcado -también la lgtbifobia- siguen profundamente arraigados en la sociedad española, eso es una evidencia. Precisamente por ello, el listón de exigencia debe ser más alto para quienes se presentan como referentes morales y políticos de la igualdad. Cada escándalo, cada denuncia mal gestionada, lanza un mensaje devastador: que el feminismo puede ser solo un eslogan útil mientras no incomode al poder interno. A estas horas deberían haber dimitido al menos dos mujeres con cargos importantes en la ejecutiva del PSOE.
El daño no afecta solo al PSOE; afecta a la lucha por la igualdad real. Alimenta el cinismo, da munición a los negacionistas y desmoviliza a muchas mujeres que creyeron —con razón— que otra forma de hacer política era posible. No basta con apartar discretamente ni con comunicados tibios. Hace falta autocrítica, transparencia y tolerancia cero.
No a los machistas babosos, sí, pero también no a quienes miran hacia otro lado. Porque la complicidad, en estos casos, también es violencia.
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