Zelenski, Trump y Putin | ABC News/AP/Reuters/EPA-EFE/Shutterstock
Pere Valenciano, director y fundador de El Periódico de Aquí. /EPDA
El deterioro del orden internacional no es un accidente ni una abstracción académica: tiene nombres y apellidos. Entre ellos destacan Donald Trump y Vladimir Putin, dos figuras que, desde contextos distintos, han contribuido de manera decisiva a dinamitar el sistema multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. Un sistema imperfecto, sin duda, pero basado en una idea esencial: que la fuerza bruta no puede estar por encima del derecho internacional.
Putin ha optado por la vía más directa y brutal: la guerra de agresión. La invasión de Ucrania no es solo un ataque contra un país soberano, sino un desafío abierto a todo el marco legal internacional. Es la afirmación explícita de que las fronteras pueden cambiarse por la fuerza y de que los Estados más pequeños no tienen derecho real a decidir su futuro si incomodan a una potencia mayor. Esto no es geopolítica sofisticada: es imperialismo clásico. Llevamos más de 300.000 muertos en Ucrania y millones de exiliados y unos 800.000 muertos o desparecidos en Rusia.
Trump, por su parte, aunque desde una retórica distinta, ha sido un aliado objetivo de esta demolición. Su desprecio por las alianzas, su ataque constante a la OTAN, su relativización del derecho internacional y su abierta simpatía hacia líderes autoritarios han normalizado una visión del mundo en la que los acuerdos multilaterales son vistos como estorbos y no como garantías de estabilidad. Trump no propone un nuevo orden: propone la ley del más fuerte envuelta en nacionalismo. Y en negocio económico. Si existe, irá directo al infierno.
Las consecuencias de esta deriva son especialmente graves en el caso de Ucrania. Ucrania no puede perder territorio como “precio por la paz”, porque eso equivaldría a legitimar la agresión rusa. Tampoco puede ser forzada a “venderse” a Rusia bajo la excusa del realismo político. Aceptar cualquiera de esas opciones sentaría un precedente devastador: que un país puede ser desmembrado si el agresor tiene suficientes armas y paciencia.
Ucrania tiene derecho a existir plenamente como Estado soberano, a decidir su orientación política y económica, y a integrarse en las estructuras que considere oportunas. Su aspiración a unirse a la Unión Europea no es una provocación, sino una elección legítima basada en valores democráticos, estado de derecho y prosperidad compartida. Negarle ese camino sería aceptar que Moscú tiene derecho de veto sobre el futuro de sus vecinos.
Ceder ante Putin —ya sea por miedo, cinismo o cansancio— no traerá estabilidad. Solo reforzará la idea de que la violencia funciona. Y aceptar el discurso de Trump y otros líderes afines, que presentan el multilateralismo como una debilidad, significa renunciar a las lecciones más básicas del siglo XX. Y ya se sabe que la historia que se olvida, está condenada a repetirse.
El abandono del derecho internacional y la normalización del autoritarismo no son una estrategia pragmática: son una irresponsabilidad histórica. Si el mundo vuelve a organizarse en torno a esferas de influencia impuestas por la fuerza, no estaremos entrando en una nueva era de orden, sino regresando a una lógica que ya demostró ser catastrófica. Ucrania no es el problema: es la línea de defensa.
Siempre al lado de Ucrania y de la paz. A su lado, Presidente Zelenski.
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