Susana Gisbert. / EPDA
Hace ya algunos años, cuando empezaba mi andadura profesional y me planteaba formar una familia, una amiga mía me dijo algo a lo que no di importancia en su día, pero en la que luego he pensado muchas veces, y sigo haciéndolo.
En ese momento, cumpliendo al pie de la letra eso de que “el casado casa quiere” nos compramos nuestra casa. Nos hipotecamos como hacía todo el mundo que tenía cierta estabilidad y nos convertimos en propietarios. Y precisamente en este punto fue donde vino el comentario de mi amiga. Decía que éramos, probablemente, la última generación de propietarios, porque la vida no daría esa oportunidad a nuestras hijas e hijos.
La verdad es que no tomé en serio tan sesuda reflexión. En mi ingenuidad, creía que la vida seguiría su curso y que nuestra descendencia también encontraría el momento de adquirir una vivienda, un lugar donde vivir.
Pero el tiempo me ha demostrado que mi amiga tenía toda la razón del mundo. Las nuevas generaciones tienen muy difícil el acceso a la vivienda, no siquiera en concepto de alquiler. Aunque suene a tópico, los precios se han puesto tan por las nubes que ni siquiera uno o dos sueldos fijos dan para comprar una casa, salvo que se trate de salarios muy altos o de que una herencia u otra circunstancia extraordinaria haya puesto fáciles las cosas. Así que lo del refrán se queda en agua de borrajas. El casado, o emparejado puede querer casa, pero se va a quedar con las ganas en la mayoría de casos.
Nuestra Constitución garantiza el acceso a la vivienda, pero eso no significa que el estado vaya a proporcionárnosla, igual que no nos proporciona un cónyuge por más que se garantice la protección a la familia y el derecho a contraer matrimonio. Aunque en uno y otro caso papá Estado ha de remover los obstáculos que nos impidan disfrutar de ese derecho, y ahí es donde está el problema. Nadie ha dado con la fórmula que equilibre este derecho con el derecho a la propiedad privada. Y no sé si lo encontrarán alguna vez.
Lo que está claro es que para nuestra juventud la situación es difícil. Solemos decir que lo han tenido todo muy fácil, pero en cuanto a la vivienda, de fácil, nada. Porque hoy son mayoría los treintañeros y treintañeras que siguen viviendo con sus padres o que, de independizarse, han de hacerlo con la fórmula del piso compartido. Una fórmula que, además, puede ser una fuente de conflictos.
Así que, al final, va a resultar que mi amiga tenía razón. Por desgracia.
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