Hay fracasos polÃticos que se arrastran durante años. Y luego está el transporte público de Valencia y su área metropolitana, que es el resultado de medio siglo de desidia, falta de planificación y visión polÃtica inexistente.
Lo que hoy sufrimos no es un problema puntual ni una mala racha. No es culpa de una alcaldesa, MarÃa José Catalá, que lleva solo tres años en el cargo. Es la consecuencia directa de 50 años de decisiones mediocres y de la ausencia total de una estrategia seria de movilidad metropolitana. Y en esto no se salva nadie: gobiernos municipales, autonómicos y estatales de todos los colores han pasado por Valencia sin resolver lo evidente.
El resultado es el caos.
La V-30, a su paso por Mislata o especialmente por Paterna, es un embudo permanente. Miles de personas atrapadas cada dÃa en un modelo de movilidad basado casi exclusivamente en el coche porque no existe una alternativa pública eficaz.
Mientras tanto, el transporte público sigue funcionando con una lógica propia de los años ochenta.
El caso de CercanÃas de Renfe es paradigmático. Durante las Fallas ha quedado en evidencia algo que los usuarios llevan años denunciando: el sistema está completamente desbordado. Trenes insuficientes, retrasos constantes y una red incapaz de absorber la demanda real de una gran área metropolitana.
Pero el problema no termina ahÃ.
Metrovalencia necesita más lÃneas, más frecuencia y más ambición. En el centro de Valencia las frecuencias deberÃan ser de cinco minutos como mÃnimo, y en horas punta incluso de dos o tres minutos, como ocurre en cualquier gran ciudad europea. Sin embargo, seguimos funcionando con intervalos que hacen imposible que el metro sea una alternativa real al coche para miles de trabajadores.
Y luego está la conexión con los municipios del área metropolitana.
Pueblos como Paterna, Mislata, Quart, Xirivella, Burjassot o Riba-roja siguen dependiendo de combinaciones lentas, mal coordinadas y con frecuencias ridÃculas. Autobuses que tardan una eternidad o trenes que pasan cada demasiado tiempo.
El resultado es evidente: Valencia funciona como si no tuviera área metropolitana, cuando en realidad más de un millón y medio de personas dependen de una red de movilidad que nunca se ha planificado de verdad.
Mientras tanto, Madrid y Barcelona llevan décadas invirtiendo en sus redes de metro, cercanÃas y transporte intermodal. Allà se ha entendido algo que aquà todavÃa parece ciencia ficción: que el transporte público no es un gasto, es una inversión estratégica para el desarrollo de una ciudad.
En Valencia seguimos discutiendo proyectos básicos que deberÃan haberse hecho hace treinta años.
La pregunta es inevitable:
¿Cómo es posible que en 50 años nadie haya sido capaz de diseñar una red de transporte metropolitano digna de una gran ciudad?
La respuesta es incómoda: porque no ha sido una prioridad polÃtica real.
Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos perdiendo tiempo, calidad de vida y competitividad económica atrapados en un modelo de movilidad obsoleto.
Valencia merece algo mucho mejor. La Gran Valencia, que debe incluir l'Horta Nord, l'Horta Sud, el Camp de Túria y La Ribera como área metropolitana sumando dos millones de habitantes.
Pero para tenerlo, primero hay que reconocer una verdad incómoda: medio siglo de abandono no se arregla con discursos ni promesas.
Hace falta planificación, inversión y, sobre todo, valentÃa polÃtica.
Porque si seguimos igual, dentro de otros 50 años seguiremos hablando del mismo problema.
Y eso ya serÃa imperdonable.