España se deshilacha por las costuras, y Valencia es uno de los hilos más castigados. No por mala suerte, sino por una mezcla letal de abandono político y resignación ciudadana. Mucho ofrendar y quejas de tertulia de café y poco más. Somos la comunidad peor financiada del Estado y el Gobierno sólo compra voluntades en Cataluña y País Vasco. Lo viene haciendo durante 45 años. Y aun así seguimos votando como si nada pasara, aplaudiendo migajas y normalizando el desprecio. 45 años de subdesarrollo respecto a otros territorios que impacta en nuestros servicios públicos, en nuestras infraestructuras y en proyectos que mejorarían nuestra calidad de vida y el futuro de nuestros hijos y nietos.
El Gobierno actual, para sostenerse unos meses más en el poder, compra a vascos (PNV y Bildu) y catalanes (ERC y Junts) con amnistías, cesiones en autogobierno y mejor financiación. Y aquí agricultores, autónomos y pymes venga pagar, pagar y pagar. A cambio de qué. Tenemos un transporte público -metro y cercanías- que da vergüenza, que te obliga a coger el coche para desplazarte en muchas ocasiones, pero siempre, en coche, metro o cercanías, tardamos demasiado tiempo en llegar al trabajo o a casa. Y hablan de conciliar vida laboral y familiar…
La tragedia de la DANA no fue solo un fenómeno natural: fue un fracaso político. Durante años se advirtió de la necesidad de obras hidráulicas, encauzamientos, limpieza de barrancos, infraestructuras de prevención. Nada llegó. O llegó tarde, mal y a medias. Cuando el agua arrasó viviendas, comercios, empresas y campos, segando la vida de 230 personas, el Gobierno central apareció con discursos solemnes, pero sin asumir que muchas muertes y pérdidas eran evitables. No fue una catástrofe inevitable, fue una negligencia prolongada en el tiempo. El meninfotisme mata. Y los silencios cómplices de los estómagos agradecidos, también.
Valencia vive en una lista eterna de promesas incumplidas. El corredor mediterráneo sigue siendo una maqueta electoral. El tren Gandia-Denia es una leyenda urbana. El soterramiento de las vías en el Parque Central en Valencia -un proyecto reivindicado en los 80- avanza a trompicones, mientras otras ciudades reciben inversiones millonarias sin tanto teatro. Aquí siempre toca esperar, justificar, entender. Y así pasan décadas. Damos pena.
La agricultura valenciana se muere en silencio. Entre precios ridículos, competencia desleal y falta de apoyo real, el campo se vacía. Naranjas arrancadas, huertas abandonadas, pueblos que envejecen sin relevo. El Gobierno habla de sostenibilidad mientras deja caer a quienes han sostenido el territorio durante siglos. La puntilla es el acuerdo del Mercosur.
Pero no todo es culpa del Gobierno central. También hay responsabilidad valenciana. Hemos cambiado la indignación por el meme, la protesta por el lamento de bar. Nos quejamos mucho y exigimos poco. Permitimos que nos traten como ciudadanos de segunda y luego nos sorprende que nos paguen como tales.
España se descompone cuando abandona a parte de su gente. Y Valencia "no pinta fava" porque ha aceptado demasiado tiempo no pintar nada. Mientras no levantemos la voz de verdad, seguiremos siendo la comunidad que siempre espera… y casi nunca recibe.