A veces, la historia deja figuras que no encajan del todo en su tiempo. Personas que, aun documentadas, arrastran una sombra difícil de explicar. En la Comunitat Valenciana, uno de esos nombres es Fray Nicolás Factor, un franciscano cuya vida -registrada por cronistas de la época- sigue rodeada de una capa de esoterismo que jamás se disipó.
Nacido en Valencia hacia 1520, Factor ingresó joven en la orden y pronto se convirtió en un religioso singular: reservado, intenso, obsesionado por la lucha entre el bien y el mal. Lo que lo distinguía no era su devoción, sino sus experiencias anómalas, descritas tanto por él como por quienes lo conocieron. Su celda fue escenario de episodios que hoy rozan lo paranormal: ruidos sin fuente clara, bajadas bruscas de temperatura y marcas que aparecían en sus manos después de largas horas de oración. Todo ello fue anotado por testigos que, sin comprenderlo, evitaron interpretarlo.
Lo más inquietante fueron sus visiones sistemáticas, que él consideraba reales. Según los relatos, veía figuras luminosas que le transmitían advertencias, pero también sombras que intentaban interrumpir sus prácticas. Algunos frailes aseguraban haberlo encontrado hablando en voz baja con alguien invisible. Otros decían que, mientras dormitaba, su cuerpo se tensaba como si resistiera una fuerza exterior. La Iglesia, prudente, nunca desmintió estos testimonios; simplemente decidió archivarlos.
Su fama creció por otra razón: la extraña autoridad que ejercía sobre quienes lo escuchaban. Personas de la ciudad afirmaban que tras conversar con él sufrían sueños intensos, a menudo perturbadores. Muchos aseguraban que el fraile parecía conocer detalles íntimos sin que nadie se los hubiera contado. No lo consideraban un vidente, pero sí un hombre conectado a algo que no sabían nombrar.
La documentación conventual oculta varios periodos en los que Factor fue aislado "por necesidad espiritual". No se explica qué ocurrió. Lo describen únicamente como "días de conflicto interior", una fórmula ambigua que ha alimentado sospechas durante siglos. Hay registros que mencionan objetos religiosos encontrados rotos en su celda, sin signos de forcejeo ni entrada externa.
Cuando murió en 1583, sus compañeros destacaron un hecho que jamás olvidaron: la expresión de su rostro no coincidía con la de un hombre en paz, sino con la de alguien que había visto demasiado.
Quizá esa sea la razón por la que su figura continúa incomodando. No se trata de santidad ni de leyenda, sino de un hombre cuyos límites con lo invisible nunca quedaron claros.