La noticia sacudió al mundo y, en especial, a millones de venezolanos: Nicolás Maduro, el hombre que gobernó Venezuela con mano de hierro durante años y que fue acusado de corrupción, narcotráfico y represión polÃtica, ha sido capturado y sacado del paÃs tras una operación militar liderada por Estados Unidos. Muchos vimos al instante la imagen del dictador finalmente fuera del poder y sentimos un alivio profundo. Después de décadas de colapso económico, violaciones sistemáticas de derechos humanos y elecciones fraudulentas, era imposible no abrir una pequeña ventana de esperanza al pensar en el fin de un régimen que se perpetuó contra la voluntad de la mayorÃa.
Sin embargo, esa alegrÃa inicial rápidamente se mezcla con estupor y preocupación. Porque lo que está ocurriendo deja más preguntas y temores que certezas sobre el futuro democrático de Venezuela.
Lo primero que hay que decir es que Maduro no fue derrocado por un movimiento interno que restaurara la voluntad popular, sino por una intervención extranjera, militar y directa. Una potencia global ha decidido qué hacer en suelo venezolano y quién sale de él. Eso, por muy justificado que esté desde la indignación histórica hacia el chavismo, no puede leerse simplemente como un triunfo de la democracia local. Es, en muchos sentidos, una expresión brutal de geopolÃtica y de intereses estratégicos.
En este sentido, el papel de Donald Trump y su gobierno es clave. Para el presidente estadounidense, el derrumbe del régimen bolivariano ha sido convertido en una oportunidad económica y estratégica, no solo un gesto de apoyo democrático. De hecho, los anuncios sobre el control temporal de recursos y la influencia sobre decisiones económicas muestran que la intervención de Estados Unidos no está motivada principalmente por la autodeterminación venezolana, sino por intereses geopolÃticos y financieros. Esto recuerda, inevitablemente, a otras acciones pasadas en América Latina donde el fin declarado de una dictadura se mezcló con un objetivo de control externo, económico y estratégico, como sucedió con la caÃda de Noriega en Panamá en 1989.
Pero hay otro elemento que produce frustración y rabia: la posición de actores polÃticos que han luchado contra el chavismo desde dentro. Figuras como MarÃa Corina Machado, que recientemente recibió el Premio Nobel de la Paz por su defensa de la democracia, han sido descartadas públicamente por Trump como lÃderes viables de una transición polÃtica en Venezuela. Para muchos venezolanos y observadores, esta renuncia a apostar por quienes ganaron el respaldo popular en elecciones deja un sabor amargo y nos devuelve q la triste realidad de lo que significa el personaje de Trump. ¿Cómo es posible que se celebre la caÃda de un dictador y, al mismo tiempo, se margine a la oposición legÃtima del paÃs?
La transición que muchos esperábamos -una liderada por la oposición que ganó las urnas y que pueda reinstitucionalizar al paÃs tras años de autoritarismo- parece cada vez más bajo la sombra de decisiones tomadas desde fuera, más que por la voluntad soberana de los propios venezolanos. Muchos sienten que, en vez de celebrar un triunfo popular, estamos ante una reconfiguración de poder donde las voces internas son relegadas ante intereses externos económicos de un paÃs o, peor aún, de un grupo reducido de personas.
Venezuela merece una transición democrática dirigida por quienes conocen su historia, han sufrido sus crisis y representan sus deseos de libertad. No una donde la lógica económica y la ventaja estratégica dictan las reglas. Si realmente queremos democracia, debemos exigir que el cambio no se reduzca a un cambio de rostro, sino que restituya plenamente la soberanÃa al pueblo venezolano.
Pero claro, qué podÃamos esperar realmente de un personaje como Trump.