El caso de sor Inés de Benigànim, monja valenciana del siglo XVII, revela cómo la enfermedad, la fe y la imaginación pudieron entrelazarse hasta crear uno de los episodios místicos más desconcertantes de la espiritualidad hispana.
En el convulso siglo XVII valenciano emerge una figura tan fascinante como inquietante: sor Inés de Benigànim. Su vida, tejida entre visiones, éxtasis y milagros, se convirtió en un espejo donde lo divino y lo humano se confunden, y donde la fe, la enfermedad y el misterio danzan en una misma esfera de lo inexplicable.
Nacida Josefa Teresa Albiñana Gomar en 1625, perdió a su padre muy joven y creció bajo la tutela de un pariente severo. Las primeras señales de lo sobrenatural aparecieron en su infancia, cuando, según su madre, fue vista levitando en oración. Más tarde, un intento de agresión por parte de su tío terminó en un disparo milagrosamente fallido. El trauma de aquel episodio, junto con una epilepsia mal comprendida en su tiempo, marcaría para siempre su vida mística y su percepción del mundo.
A los catorce años, afirmó haber visto a Jesús, quien le pidió ser su esposa. Desde entonces, su existencia giró en torno a esa unión espiritual. Pero sus visiones, constantes y vívidas, revelan algo más que fervor religioso. En ellas, Jesús no solo le hablaba: también barría con ella el patio del convento o le pedía "entrar en su pecho" para consumar unos desposorios celestiales. Escenas de un erotismo velado que abren interrogantes: ¿eran revelaciones divinas, desbordes emocionales o proyecciones de una mente infantil y enferma?
Sor Inés sufría epilepsia, entonces considerada una "enfermedad sagrada". Las crisis podían inducir estados de éxtasis o desconexión sensorial que, interpretadas bajo la lente del dogma, se transformaban en visiones. Ella misma dudaba de su autenticidad, confesando a su director espiritual: "¿Y si todo esto son imaginaciones mías o engaños del demonio?"
A sus arrebatos místicos se sumaban fenómenos de bilocación, visiones del purgatorio y la supuesta facultad de liberar almas mediante labores domésticas.
Los objetos personales de sor Inés, considerados milagrosos, curaban con la sola fe del contacto. Su vida entera fue una mezcla de inocencia y fervor, penitencia y sugestión, donde lo divino convivía con lo psicológico, lo espiritual con lo neurológico.
Falleció en 1696, tras anunciar el día exacto de su partida. El cuerpo incorrupto que veneraron siglos después fue destruido durante la Guerra Civil, aunque su leyenda sobrevivió entre la duda, la devoción y el inagotable atractivo de lo inexplicable.
Sor Inés de Benigànim sigue siendo un enigma fascinante: ¿santa visionaria, médium inadvertida o víctima de un trastorno mal comprendido? Quizá, en su trance entre dos mundos, halló un puente secreto entre la mente, la fe y lo sagrado.