Los directores Phil Lord y Christopher Miller (Lluvia de albóndigas, Infiltrados en clase) nos proponen una experiencia cinematográfica cautivadora. Se han encargado de adaptar la novela Project Hail Mary del escritor e ingeniero Andy Weir. Se trata del mismo autor de la obra que inspiró la exitosa Marte (The Martian) (2015). Por ello, a priori, cabría pensar que no va a sorprendernos demasiado. Sin embargo, pese a recuperar unas referencias que ya hemos visto muchas veces, en lo sustancial, se aparta de sus predecesoras. La intensa aventura espacial en la que sumerge al espectador gana alicientes continuamente y acaba primando la vertiente emocional. No obstante, podría haber recortado ligeramente el extenso metraje (156 minutos), sin que se hubiese resentido la película.
El profesor Ryland Grace se despierta totalmente desorientado en una nave a varios años luz de la Tierra. No tardará en recordar que fue enviado hasta allí para encontrar el antídoto contra unas células extraterrestres devoradoras de estrellas. Si no lo logra, nuestro sol se apagará paulatinamente. Este doctorado en biología molecular, que cambió las clases por un heroico viaje sin retorno, habrá de sortear diferentes contratiempos peligrosos, pero no estará solo.
El guion procura hacer llevadero el relato, introduciendo unos flashbacks que se remontan a la génesis del proyecto. Alterna ambos hilos narrativos, cambiando radicalmente el tono, si bien, incorpora siempre unas agradecidas notas de humor. De esta forma, también describe con detalle al improvisado astronauta. Su carácter jovial y optimista constituye una baza esencial que lo aproxima al público.
Acierta a transitar hacia una hermosa historia de amistad, con elementos muy originales. Con todo, son evidentes los ecos de títulos como 2001: Una odisea del espacio, Enemigo mío, Interstellar y Contact.
De manera meritoria, aunque pueda parecer previsible en determinados aspectos, asistimos a diversos giros que desbaratan cualquier idea previa. Además, el desenlace y el epílogo resultan satisfactorios.
La factura técnica refleja la imaginación y el cuidado volcados en esta gran producción. Aun así, los casi 250 millones de dólares invertidos se antojan excesivos. La banda sonora compuesta por Daniel Pemberton refuerza las sensaciones que transmiten las imágenes.
Ryan Gosling (First Man (El primer hombre), La La Land) compone un personaje afable y cercano; lo contrario que la fría Sandra Hüller (Anatomía de una caída).