Joachim Trier (La peor persona del mundo) se mete dentro de las entrañas del propio cine con un notable drama familiar que también ha coescrito y donde son evidentes las influencias de Ingmar Bergman. Profundiza en las facetas intimistas y humanas de unos personajes vinculados al séptimo arte por diferentes motivos. Los actores escogidos por el realizador noruego encajan a la perfección en sus respectivos roles. Los méritos del filme le valieron el Gran Premio del Jurado en Cannes y ha obtenido ocho nominaciones a los Globos de Oro.
Pese a sus titubeantes comienzos, Nora ha terminado triunfando en los escenarios. Mientras Agnes, la hermana a quien adora y que de pequeña apuntaba unas maneras artísticas prometedoras, ha seguido otro camino. Se encuentra felizmente casada y es madre del pequeño Erik. Ambas sufrieron el desapego de un padre ausente siendo niñas. Ahora, el prestigioso director Gustav Borg, pretende redimirse y por eso le ofrece a la hija de la que más se distanció el papel principal en su nueva película, pero esta lo rechaza sin dudarlo. La reemplazará Rachel Kemp, la actriz de moda en Hollywood.
El preámbulo descoloca. Nos sitúa en un teatro e introduce a la joven intérprete, atenazada por los nervios, de forma anecdótica. Este original, frenético e incluso irritante prólogo no se corresponde con el tono general, aunque le cuesta llegar al nudo argumental.
Incorpora paulatinamente a las figuras centrales del relato que van destapando sus traumas y secretos, esbozando un triángulo de sentimientos contrapuestos. El guion los disecciona psicológicamente sin precipitarse, proporcionando unas emociones que crecen con los reproches y los recuerdos, mediante unos diálogos precisos. No obstante, alterna aleatoriamente la atención entre los protagonistas y se dispersa en ocasiones. La participación de la estrella estadounidense oxigena las tensiones y aporta cierta frescura.
El desenlace, inicialmente un tanto tramposo, depara una resolución inspirada y redonda.
La casa por la que discurre buena parte de la acción adquiere una relevancia destacada. En ese sentido, debe reconocerse la pericia técnica que guía a las cámaras por las distintas estancias. Se comprenden menos los fundidos a negro.
Renate Reinsve (La tutoría) se reafirma como un valor sólido, dando continuidad a sus brillantes trabajos recientes. Stellan Skarsgård acredita las tablas que acumula y domina la pantalla en cada intervención. Elle Fanning cumple haciendo prácticamente de sí misma, y sorprende gratamente la autenticidad con que se desenvuelve Inga Ibsdotter Lilleaas.