Susana Gisbert. /EPDALa pasada semana asistí a la clausura de unas jornadas sobre Memoria histórica y tuve una experiencia emocionante. Más, si cabe, delo emocionantes que suelen ser estos actos por sí mismos teniendo en cuenta la materia de que se trata.
Pero esta vez fue todavía más especial. Se rendía homenaje a varias personas del lugar fusiladas en la represión franquista, y cuál no sería mi sorpresa cuando, el día anterior a mi intervención, recibí un mensaje de una querida compañera de colegio que me decía que uno de los homenajeados era su abuelo, al tiempo que me manifestaba su alegría de que fuera a asistir al acto.
Como no podía ser de otro modo, el abrazo que nos dimos fue de los que estrujan el alma. Siempre es agradable encontrar a alguien que evoca recuerdos de nuestro pasado, pero este caso era muy especial. Y de eso precisamente era de lo que quería hablar.
En todos los años en que compartí con mi compañera clases, autobús y paseo hasta a casa -además de clase, compartíamos barrio- jamás supe de la terrible historia de su abuelo. Ni lo sospeché siquiera, como ella tampoco supo ni sospechó ninguna cosa acerca de mi familia que tuviera que ver con aquellos negros años.
Y es que, como nos decían en casa, de esas cosas no se hablaba. De hecho, cuando una u otra dijimos algo al respecto en el colegio, se nos quitaron las ganas de volverlo a hacer. No hace falta que diga más.
Aunque tal vez lo peor de esto es que mi propia compañera apenas sabía nada de su historia familiar hasta que ahora, a punto de entrar en la sesentena, alguien se puso en contacto con ella para contarle cosas de su abuelo que ella desconocía por completo. Cosas de las que, además, debería enorgullecerse, en lugar de avergonzarse, como nos habían hecho creer.
Y es que esta historia es una historia personal, pero también es una historia colectiva. El denominador común de muchas generaciones de nuestro país era el silencio, el más absoluto silencio. Cuanto menos se supiera, mejor. Y ahí hemos perdido la memoria de nuestros mayores, en la mayoría de los casos, de una manera irrecuperable. Porque, como nos repitieron hasta la saciedad, de eso no se habla.
Pues bien, ha llegado el momento de hablar. Aunque sea tarde, aunque algunas cosas ya no se puedan conocer, aunque hayamos dejado por el camino el dolor de quienes nunca podrán sanarlo.
Y es que ese abrazo con mi amigo era mucho más que un abrazo. Era, por fin, la ruptura de la mordaza que constriñó a tantas y tantas personas durante demasiado tiempo
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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