Susana Gisbert. /EPDAHasta hoy, el adjetivo azul añadido a cualquier sustantivo siempre producía buenas sensaciones, especialmente relacionadas con la época estival y las vacaciones. El mar azul o el cielo azul son mucho más evocadores que el mar o el cielo sin más, aunque ambos sean azules por naturaleza. ¿Y qué decir de nuestra eterna serie “Verano azul”, que todas las vacaciones se vuelve a emitir en alguna cadena, provocando la nostalgia de quienes la vimos en su estreno?
Sin embargo, e este mes de julio, el azul se ha equiparado no a descanso naturaleza y buen rollo, sino a pánico total. Y por vez primera oímos hablar de algo que tiene título de película de siesta de domingo por la tarde. Nada menos que “pantalla azul de la muerte”. Casi nada.
Pero no se trataba de ninguna historia de crímenes e intriga, sino de un fallo informático que casi -o sin casi- hace colapsar un montón de empresas de todas las naturalezas y tamaños, entre ellas aeropuertos en su momento más álgido en plena temporada estival.
Según nos cuentan, se trata de un fallo en la actualización de un antivirus, aunque, sea lo que fuere, lo que ha demostrado es nuestra enorme vulnerabilidad y la dependencia total que a día de hoy tenemos de los ordenadores, se trate de un enorme aeropuerto o de la verdulería del barrio. Y so resulta, cuanto menos, inquietante.
Todo el mundo ha sufrid alguna vez, aunque sea a pequeña escala, lo que supone una caída de los ordenadores. En los juzgados de guardia, sin ir más lejos, se produce un verdadero desastre cuando no funcionan, porque no basta con escribir todo a mano. No hay registros, no hay modelos, no hay información y es casi imposible trabajar, salvo lo más urgente. Sin embargo, aunque parezca mentira, muchas de las personas que estamos en activo todavía recordamos cuando los ordenadores no habían entrado en nuestros despachos. Y, aunque hoy resulte inconcebible, las cosas funcionaban.
No pretendo con esto propugnar una vuelta al boli y papel, a las máquinas de escribir y el calco, pero sí hacer una llamada a la reflexión. No deberíamos ser tan dependientes de la tecnología, deberían tener previsto un plan b en nuestra vida diaria y profesional. Sin ir más lejos, deberíamos hacer cosas como ejercitar la memoria cuando queremos recordar algún nombre o algún dato en lugar de acudir directamente a San Google, o a alguno de sus primos hermanos. Y es que dentro de nuestras cabezas hay un sistema más poderoso que el de cualquier ordenador. No dejemos que se atrofie.
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