"Mamás y papás" era, probablemente, mi juego favorito de la infancia. Jugaba con amigos o amigas o incluso sola. Me imaginaba a mi marido -por su puesto un hombre alto, guapo y muy trabajador- y tenía varios bebés de juguete a los que llamaba hijos, con sus respectivos nombres reales. Me pregunto si hoy en día los niños y niñas saben lo que es jugar a "mamás y a papás".
En fin. La cuestión es que hacía cálculos para saber en qué año toda esa situación que vivía en una especie de juego de realidad virtual se convertiría en realidad. 2025, 2026… Los veía tan tan lejanos. Pero vamos, yo estaba segura de que a aquellas alturas del segundo milenio tendría ese marido alto, guapo y muy trabajador y, al menos, a la parejita.
Vaya tela, colega.
Andamos a 31 de marzo de 2026 y mientras escribo estas líneas recuerdo hasta la casa que aquella niña de, quizá, seis años, se imaginaba que tendría. Con garaje y dos coches, obviamente. Lo del marido y los hijos ya lo dejamos para otra columna. Pero hasta con seis años mi cabeza me decía que tendría la vida resuelta.
Por aquel entonces, supongo que no sabría aún ni qué era una hipoteca, pero es que la realidad es que vivíamos imaginando en base a lo que habían vivido nuestros padres: nos tuvieron jóvenes, compraron poco antes del boom inmobiliario, etc.
Hoy, con 28 años y un grupo de amigos que oscila entre ese rango que está a punto de cumplir 30, no podría hacer esos cálculos que mi yo de seis hacía. No es una pataleta generacional, es que la realidad es la que es y la ecuación no sale.
Nos dijeron que estudiar era el camino, que esforzarse tenía recompensa, que la estabilidad llegaba… Pero nadie nos avisó de que el tablero había cambiado mientras aprendíamos las reglas, que los sueldos iban a crecer a otro ritmo distinto al de los alquileres -y otras muchas cosas- y que independizarse iba a ser un salto al vacío con red opcional y cara.
Y luego está lo de hacerlo solo.
Porque sí, la vida -o al menos el sistema- parece diseñada para compartirse entre dos. Dos sueldos, dos respaldos, dos posibilidades de llegar a fin de mes sin hacer malabares. Intentarlo en solitario no es imposible, pero sí mucho más difícil. Como correr una carrera en la que otros parten con ventaja.
Y en medio de todo esto, se enciende ese reloj. No el biológico del que tanto se habla, sino uno paralelo: el hipotecario. Ese que empieza a hacer tic-tac cuando te acercas a los 30 y que, ahora mismo, parece averiado.
Vivimos, quizá, en una especie de limbo. No somos adolescentes, pero tampoco encajamos en la idea clásica de "adulto" que nos vendieron. Trabajamos, sí. Pagamos nuestras cosas, también. Pero construir un proyecto de vida sólido -uno que incluya una casa propia, o al menos una cierta seguridad- se siente casi abstracto.
Y no, no se trata de victimismo. Se trata de entender que no partimos del mismo punto, que no es solo cuestión de querer o de esforzarse más, sino de que hay algo estructural que no termina de encajar entre lo que se espera de nosotros y lo que realmente podemos alcanzar.
Quizá por eso ya no jugamos a "mamás y papás". O quizá sí, pero de otra forma. Con otras reglas, con menos certezas y con la incómoda sensación de que aquella vida que imaginábamos jugando a un juego no era exactamente un sueño, sino un guion que ya no nos pertenece.