Como director de El Periódico de AquÃ, he aprendido que pocas cosas desgastan tanto la convivencia democrática como la hipocresÃa. Y en España, pocas cuestiones exhiben mejor esa doble vara de medir que el feminismo y la inmigración. Dos debates fundamentales para nuestro presente y nuestro futuro que, sin embargo, demasiados manipulan según convenga a la consigna del dÃa y al partido polÃtico de turno.
Por un lado, asistimos a la paradoja de quienes se autoproclaman feministas solo cuando les resulta rentable polÃticamente. Se envuelven en lemas y pancartas, pero callan -o peor aún, justifican- cuando los casos de machismo, abusos o violencia machista aparecen demasiado cerca de sus siglas o en su propio partido. El daño a la causa es grandÃsimo y puede costarle electoralmente muchos disgustos al PSOE, que lleva en su ADN el feminismo. La causa más noble se deteriora cuando algunos solo la ejercen a ratos, o cuando toca señalar al adversario y nunca a los propios. El feminismo no puede ser selectivo.
En el extremo opuesto encontramos la hipocresÃa de quienes convierten la inmigración en un saco en el que cabe todo lo que temen o les molesta. Se criminaliza a colectivos enteros, se magnifican episodios aislados y se alimenta un clima de sospecha que nada tiene que ver con la realidad. Porque la inmensa mayorÃa de los inmigrantes que llegan a España son personas decentes, trabajadoras, que contribuyen de forma decisiva a la riqueza económica, cultural y humana del paÃs. Sostienen sectores enteros: desde el campo hasta los cuidados, pasando por la hostelerÃa. Son, en muchas ocasiones, quienes hacen posible que este paÃs funcione y que los datos económicos de los últimos años sean muy positivos.
Ahora bien, defender esta verdad -que es la mayoritaria- no implica negar los problemas puntuales. Una sociedad seria debe aplicar la ley con rigor cuando alguien delinque. Y en el caso de inmigrantes en situación irregular, la legislación ya prevé la posibilidad de expulsión en supuestos concretos y garantistas. Es una herramienta legÃtima cuando se actúa con proporcionalidad y pleno respeto a los derechos humanos. Pero esos casos no pueden utilizarse como arma para criminalizar a todos, porque eso es propaganda, no polÃtica.
Denunciar el machismo no deberÃa depender del carné polÃtico del agresor. Y hablar de inmigración con seriedad exige reconocer tanto las contribuciones como los desafÃos sin caer en la demagogia. España necesita debates honestos, no atajos de hipocresÃa.