Hay quien todavía se empeña en reducir las Fallas a simples monumentos efímeros, a una postal más o menos vistosa que arde en marzo. Pero quienes las vivimos de verdad sabemos que son mucho más: son identidad compartida, son tejido social, son una manera muy particular de entender la ciudad y a quienes la habitamos.
Durante estos días, Sagunto deja de ser solo un conjunto de calles y barrios para convertirse en un espacio vivo, vibrante, donde la música, la pólvora y la convivencia toman cada rincón. No es solo fiesta, es transformación. Es ver cómo plazas que el resto del año pasan desapercibidas se convierten en puntos de encuentro, cómo los barrios muestran su mejor versión, cómo la ciudad se reconoce a sí misma.
Lo he podido vivir desde dentro, desde esa familia vilera que, como tantas otras, está formada por personas muy distintas entre sí, con ideas, edades y trayectorias diferentes. Y, sin embargo, hay algo que nos une con una fuerza difícil de explicar: ese sentimiento común de pertenecer a algo más grande que uno mismo. Una devoción, sí, pero también una responsabilidad. La de mantener viva una tradición que no nos pertenece solo a nosotros y nosotras, sino también a quienes vendrán.
Las Fallas son, además, una forma única de recorrer Sagunto. De redescubrirla, de pasar del Puerto al casco histórico, de un barrio a otro, viendo cómo cada comisión aporta su carácter, su estilo, su manera de entender la fiesta. Esa diversidad es precisamente una de sus mayores riquezas: una ciudad con múltiples almas que, durante unos días, laten al mismo ritmo.
No estamos hablando de algo puntual, sino de una tradición profundamente arraigada que ha sabido transmitirse de generación en generación. Las Fallas vertebran la ciudad, conectan a sus vecinos y vecinas, generan comunidad. Son escuela de valores: esfuerzo colectivo, organización, convivencia, compromiso. Un legado vivo que sigue creciendo año tras año gracias al trabajo silencioso de tantas personas.
Eso no significa que no haya margen de mejora. Como toda celebración que moviliza a miles de personas, existen retos: convivencia, limpieza, horarios, impacto en el día a día de la ciudad. Pero incluso ahí, las Fallas demuestran su capacidad de adaptación y de seguir evolucionando sin perder su esencia.
Porque, en el fondo, las Fallas son una oda a lo que somos como ciudad cuando compartimos, cuando colaboramos, cuando construimos juntos. Son el reflejo de una Sagunto viva, diversa y orgullosa de sus tradiciones. Y eso, más allá del fuego final, es lo que verdaderamente perdura.