Un año más se repite la misma historia. La Cofradía de la Puríssima Sang de Jesucrist de Sagunt vota en contra del acceso de la mujer en la Semana Santa Saguntina y el nombre de la ciudad vuelve a aparecer en informativos de toda España como ejemplo de lo peor del país. No ha habido matinal que esta mañana no abordara el hecho creando así, una vez más, un daño reputacional enorme a una urbe que creía que con la llegada de la Gigafactoría iba a dejar atrás su mala fama y empezaba a ser vista como ejemplo de prosperidad.
Los que votaron "No" a la propuesta sabían que se exponían a esto y los que votaron "Sí" también. Pero es una cosa que ya ha pasado tantas veces que ya ni nos inmutamos ante el hecho de que hoy locutores y periódicos nos pongan otra vez como ejemplo de machismo en toda la prensa nacional. Nos hemos acostumbrado a ello y tal vez esa sea la cuestión.
Empecemos diciendo, porque lo van a señalar los que se enfaden con este artículo (que espero que sean los dos bandos), que servidor es porteño y que, como todo el mundo sabe, los porteños no podemos hablar de la Semana Santa porque desde que aquel cura mató a un chiquillo dimos la espalda a la celebración. Es bien sabido entre el saguntinismo de bien que los porteños no podemos opinar sobre la Cofradía de la Sang, algunos (los más leídos) dicen que no podemos porque estamos marcados atávicamente por un trauma (el del asesinato), otros (los más prácticos) porque los porteños podremos ser de la ciudad pero no "som del poble" y como no vivimos la Sang desde pequeñitos no estamos capacitados para entender los códigos de una fiesta que se ven distorsionados por la distancia una vez pasas por debajo del puente de 'darrere Sants de la Pedra' para enfilar el vial internúcleos..
Pues les voy a decir una cosa, tienen razón. Los porteños no hemos sido, ni seremos nunca, parte de la cofradía y por lo tanto no podemos entenderla. Pero no entender la Sang no es lo mismo que no entender el problema, porque precisamente por ser de fuera observamos el conflicto desde una perspectiva no sesgada por siglos de costumbre y tradición. Y créanme, el que firma estas líneas lleva décadas observando el conflicto entre la Sagunt tradicional y la Sagunt igualitaria.
En las décadas que llevo viviendo con curiosidad el microcosmos de la Puríssima Sang he pasado por todos los estados posibles. Me he parado a escuchar a los partidarios del "No" y sus respuestas del tipo "Jo no puc ser Filla de Maria", he entendido la versión del Sí, e incluso por un tiempo creí que la solución pasaba porque las mujeres crearan su propia cofradía y obligaran a la Sang a compartir espacios. Pero con el tiempo, y profundizando en el conflicto (ya les digo que llevo décadas observando esta cerrazón), entendí que la Purissíma Sang está tan enraizada en la ciudad que es normal que las mujeres no quieran su propia cofradía, sino que deseen formar parte de esa que lleva 534 años levantando la Semana Santa en Sagunt, esa a la que sus padres y hermanos se apuntaron nada más nacer, esa que es por derecho propio es una parte de la ciudad en la que viven pero que les dice que no son bienvenidas salvo que sea para vender lotería, coser la ropa o, si son contratadas por una empresa, para limpiar la ermita.
Pues verán, tras todos estos años de observación y ejercicios de empatía he llegado a una conclusión tremendamente impopular: la culpa de que las mujeres no formen parte de la Semana Santa Saguntina no es de los que votan "No", sino del bando que defiende el "Sí".
Y entiéndanme bien, no hablo de los cofrades que votaron sí a la entrada de mujeres en la cofradía, que en mi opinión tienen algo de responsabilidad pero por lo menos dan la cara frente a la mayoría machista de la Puríssima Sang, hablo de todos los demás. De todas las personas que saben que lo que se está haciendo está mal y se quedan igual. Llevo años viendo a esa gente: concejales que condenan la decisión como inexplicable en pleno siglo XXI pero luego acuden a los actos de la cofradía "a título personal" porque no creen en coartar "la libertad" de sus concejales, alcaldes que proclaman la igualdad a los cuatro vientos pero luego cuelgan pendones y promocionan actos alrededor de una fiesta que excluye a la mitad de su población, familias saguntinas muy a favor del sí que cuando ven que les cierran la puerta en las narices se niegan a colgar de los balcones de Camí Reial pancartas aludiendo a que no pueden estar en la celebración y en su lugar cuelgan pendones morados sin los símbolos de la cofradía porque creen que así harán recapacitar a quienes niegan a la mujer su papel en la fiesta.
Les voy a contar una verdad incómoda . Las fiestas son, siempre y exactamente, como sus ciudades quieren. Todos los festejos, ya sean fiestas patronales o Semanas Santas centenarias, tienen que seducir a los vecinos para que acudan a mirarlas y si no lo logran desaparecen. Y por eso me era fácil saber que las mujeres iban a perder el referéndum. Los cofrades vetan sistemática a las mujeres simplemente porque pueden. Porque saben que por mucho que se proteste, por mucho que se hable en los medios, el próximo domingo los balcones saguntinos volverán a teñirse de morado, la gente (mujeres incluidas) volverá a llenar Camí Reial, y el alcalde, el gobierno municipal y los concejales de oposición llenarán las redes de fotos sobre lo bonita que es esa Semana Santa donde no pueden entrar las mujeres. ¿Que eso echa por tierra una vez cada cierto tiempo el nombre de la ciudad? ¡Qué más dará si mañana estaremos hablando del precio de la gasolina! La ciudad podría perder su condición de fiesta de interés turístico nacional y todo seguiría igual, porque el referéndum de verdad es el de la calle y ese ya está decidido antes de empezar.
Soy consciente de que este es un planteamiento impopular, pero no deja de ser verdad. Así que sí se ha indignado leyéndolo, acójase a otra verdad innegable: Yo no soy más que un porteño que lleva décadas mirando con curiosidad el conflicto. ¡Qué sabré yo de esto! ¡Quién soy para opinar!