Hay algo en nosotros que quiere volver al reposo, a que nada altere demasiado el equilibrio. Y hay algo que insiste en complicarlo todo: enamorarse, crear, discutir, tener ideales (y luego quejarse de ellos en reuniones familiares). Esa tensión interna no es un fallo del sistema. Es lo humano. Es la chispa de la vida.
En El yo y el ello, Sigmund Freud distingue con claridad fuerzas que no conviene confundir. Por un lado, Eros y la pulsión destructiva: Eros liga, une elementos, crea formas más complejas y mantiene la vida; la pulsión destructiva disuelve, desorganiza y devuelve al reposo absoluto. Ambas generan tensión, y ambas mueven la historia. El principio del placer busca que exista esa tensión, que estas dos pulsiones estén entremezcladas, ligadas.
Si trasladamos esto al plano colectivo, la cuestión se vuelve política. Europa llevaba años instalada en una lógica tecnocrática: gestión, regulación, normativas. Reducción de fricciones. Burocracia como anestesia (cuidado, dosis altas pueden provocar sueño prolongado).
Y entonces irrumpe una figura que altera el tablero. Rompe acuerdos, altera alianzas, tensiona organismos internacionales, cuestiona consensos comerciales y diplomáticos. Introduce incertidumbre. Reorganización de bloques. Reacciones en cadena. Aumenta la excitación del sistema. Nos guste o no, eso es aumento de tensión histórica.
Esto no es nuevo, ya ha pasado en la historia, pensad por ejemplo en Isabel la Católica. Sus decisiones -con los judíos, con la Inquisición, con sus alianzas, con Colón- no fueron movimientos de reposo, sino de máxima tensión. Hizo trabajar a todos a su alrededor (probablemente sin café de por medio). Movió la historia porque sostuvo conflictos en lugar de anestesiarlos. Y si lo pensamos con perspectiva contemporánea, figuras como Donald Trump cumplen un papel similar: tensionan, polarizan, reorganizan bloques. Lo más importante son personajes de acto; consiguen cosas, claro que sí. Para eso tuvieron que sacrificar otras, perder algo. En la vida personal, ocurre parecido, eso es lo que nos mantiene vivos: esa tensión, perder para luego ganar, proyectos, arriesgar, etc…
Al mismo tiempo, cuando la realidad se vuelve demasiado compleja, surge otra tentación: simplificarlo todo. El fanatismo no complica: simplifica. Todo el que no piensa como ellos es automáticamente ultraconservador, "facha" o enemigo, y así se construye un mundo en blanco y negro. En cierto modo, gobiernos como el de Pedro Sánchez aplican esta lógica: intentan organizar la complejidad a golpe de decreto, de slogans y de frases vacías, acaban polarizando y radicalizando a la población… aunque a veces a costa de amputar matices, debates y la paciencia de los ciudadanos.
No toda tensión construye. Pero sí de reconocer algo incómodo: sin tensión no hay transformación. Sin perturbación no hay reconfiguración del campo político… ni de nuestra vida personal. Esa tensión que nos desvela, que nos hace dudar, que nos obliga a arriesgar y a perder para luego ganar, es la misma que puede abrirnos a descubrir algo de lo que nos mueve, nos pone y nos hace vivir.
Por eso, a veces, dejarse acompañar en un psicoanálisis es como sentarse frente al tablero de la historia de nuestra propia vida: observar los movimientos, entender las tensiones, y quizás jugar mejor nuestras piezas… sin anestesia ni simplificaciones, pero con un poco menos de miedo.