El presidente estadounidense, Donald Trump, junto al secretario de Defensa, Pete Hegseth (d), el vicepresidente, JD Vance (i), y el secretario de Estado, Marco Rubio (2d), pronuncia un discurso a la nación en la Casa Blanca en Washington, DC, Estados Unidos. EFE/EPA/Carlos Barria / POOL
Estados Unidos lanzó la pasada noche un ataque aéreo masivo contra tres instalaciones nucleares en Irán, marcando un giro, sin duda, determinante en el conflicto regional y colocando al país directamente en un nuevo escenario de guerra en Oriente Medio. La ofensiva fue ordenada por el presidente Donald Trump sin autorización del Congreso, en lo que analistas describen como su “apuesta más arriesgada” en política exterior.
Los bombardeos, dirigidos contra las plantas de Fordow, Natanz e Isfahán, emplearon misiles de precisión y bombas antibúnker GBU‑57 lanzadas desde bombarderos B‑2, apoyados por misiles Tomahawk disparados desde buques en el golfo Pérsico. Según fuentes del Pentágono, todos los objetivos fueron alcanzados y las aeronaves regresaron a salvo.
En una declaración transmitida desde la Casa Blanca, Trump calificó la operación de “éxito militar total” y aseguró que se trató de una “acción preventiva para detener el avance nuclear iraní”. “Hemos enviado un mensaje claro: no permitiremos una amenaza nuclear contra nuestros aliados y contra nosotros mismos”, añadió.
Respuesta de Irán: represalias "dolorosas y sostenidas"
Las autoridades iraníes han confirmado los ataques y han reconocido daños materiales en las instalaciones, aunque han negado cualquier fuga radiactiva. En un comunicado televisado, el líder supremo Alí Jameneí ha acusado a Estados Unidos de cometer un “acto de guerra flagrante” y prometió represalias “dolorosas y sostenidas”.
Horas después del bombardeo, una nueva oleada de misiles fue lanzada desde Irán contra territorio israelí. Las fuerzas israelíes han reportado al menos 16 heridos en Tel Aviv, aunque han asegurado haber interceptado la mayoría de los proyectiles. Israel, por su parte, ha celebrado el ataque estadounidense, con el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmando que “la paz se alcanza desde una posición de fuerza”.
La ONU muestra su "profunda preocupación": Las consecuencias pueden ser "incalculables"
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha expresado su “profunda preocupación” y ha pedido contención inmediata, advirtiendo sobre “una escalada regional de consecuencias incalculables”. Desde París, el presidente francés Emmanuel Macron denunció el bombardeo como una “violación del derecho internacional”. En América Latina, los presidentes Gustavo Petro (Colombia) y Gabriel Boric (Chile) también han condenado la acción militar.
Divisiones internas en EEUU
El ataque ha provocado un fuerte debate en Washington. Mientras algunos congresistas republicanos han respaldado la decisión de Trump como “necesaria”, líderes demócratas y varios miembros del Senado han criticado la falta de consulta al Congreso. “Es inaceptable que un presidente inicie una guerra sin autorización legislativa”, ha denunciado la senadora Elizabeth Warren.
A nivel económico, los mercados han reaccionado con nerviosismo: el precio del crudo Brent ha superado los 98 dólares por barril, y varias aerolíneas han suspendido rutas que atraviesan el espacio aéreo iraní.
La comunidad internacional observa con inquietud los próximos movimientos. Estados Unidos ha reforzado su presencia militar en la región, mientras Irán amenaza con expandir su respuesta. La diplomacia, por ahora, parece relegada a un segundo plano.
¿Y ahora qué?
El conflicto abierto entre Estados Unidos e Irán podría desencadenar una espiral de consecuencias geopolíticas, económicas y humanitarias de gran alcance. En el plano regional, existe un alto riesgo de desestabilización total en Oriente Medio, con posibles implicaciones para países como Israel, Líbano, Siria e Irak, y la reactivación de milicias aliadas a Irán, como Hezbolá.
A nivel global, la interrupción del suministro energético en el golfo Pérsico podría disparar los precios del petróleo —y, por tanto, aumentar el precio de los carburantes—, además de generar tensiones en los mercados internacionales. Además, el colapso del diálogo diplomático alimenta el peligro de una guerra prolongada, con miles de víctimas civiles y desplazamientos masivos. Europa se vería obligada a reforzar su política exterior y de defensa, mientras aumenta la amenaza de nuevos atentados terroristas y ciberataques como represalia. Todo ello podría configurar el conflicto más grave desde la invasión de Irak en 2003.
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