Sólo en el hombre existe la religión, el arte, las tradiciones, la cultura
y la lengua. La capacidad lingüística es congénita. Hay mucha variedad, pero
nuestro cerebro escoge aquello que mejor entiende y lo reconstruye. La lengua
reside en nuestro cerebro. El mejor período para aprender una lengua es la
infancia. Hay en el niño una mayor capacidad lingüística. Las lenguas son
sistemas lingüísticos abstractos, plasmados en unas reglas.
La diferencia entre lengua y dialecto es más bien política que lingüística.
Entre lenguas y dialectos existe muchas veces un tronco común, el latín por
ejemplo, de aquí que entre estos idiomas exista un cierto grado de
inteligibilidad mutua.
En 1442, Antonio de Nebrija escribió a la reina Isabel la Católica que
"siempre la lengua fue compañera del Imperio". Algunos han tomado esta frase
al pie de la letra. Las lenguas poseen estructura y capacidad expresiva. Todas
las lenguas son hermosas, aunque siempre consideramos la nuestra como la
mejor. Pero este matiz valorativo encierra mucha subjetividad. La diferencia
objetiva es el número de hablantes, su uso en el comercio, empresas,
organizaciones internacionales, bibliografía, implantación social o
distribución geográfica. Hoy se hablan unas 6.000 lenguas diferentes. Muchas
van desapareciendo poco a poco por el paso del tiempo o el poco uso. Algunas
se ponen de moda. En el siglo XVIII fué el francés, ahora, el inglés. Es lógico
que algunos se aferren a su lengua nativa y la vivan con pasión, dándole un
gran valor sentimental. Surgen las preferencias y también los intereses
lingüísticos. A través de la lengua se pretende transmitir el halo
nacionalista. Aparece la rivalidad con otras lenguas, pero se prefiere la
materna por razones políticas.
La verdad es que la lengua es un vínculo de comunicación. Todas las
lenguas sirven para lo mismo. Considerar una lengua como bandera o símbolo de
un pueblo es más bien una consideración extralingüística. La lengua es un
atributo de la persona, no del territorio. La lengua va con el hombre, le
acompaña y muere con él. Existen lugares donde conviven diversas lenguas. En
este caso no debe ser el Gobierno quien decida la lengua. Cada ciudadano es muy
libre para elegir la suya. La lengua es un instrumento de comunicación. Algunas
veces le damos función simbólica, la sacralizamos y la convertimos en símbolo
de un pueblo, en cuyo caso la lengua se considera como bandera y no se la
piensa como lenguaje.
Queremos resaltar el derecho de la libertad de lengua. El hombre debe
ser libre de hablar y usar la lengua que quiera y educar a sus hijos en la que
prefiera. No podemos imponer la lengua materna. Que cada ciudadano se exprese
en libertad de lengua. Las lenguas tienen como función comunicar y nada
justifica que se obligue a entenderse en una determinada lengua. La libertad
de lengua debe ser total. Hoy se respeta el hecho religioso. Se admite que
cada ciudadano elija su propia fe. ¿Por qué, pues, no cabe que elija su propia
lengua?...
La lengua es un atributo de la persona, no del grupo social y reside en
el cerebro, no en el territorio. Jesús Mosteril nos dice: "los totalitarismos
lingüísticos son un grave error. Pisotean los derechos lingüísticos de los
ciudadanos. Es una política deleznable y no favorece al ciudadano en su futuro".
Ciertamente confundir el habla con el principio de territorialidad es algo
obsoleto. Estamos en un país libre, en un mundo libre y sin fronteras, donde
los ciudadanos van y vienen a donde desean y tienen derecho a emplear la
lengua que quieran para sus hijos. No a la inmersión lingüística y sí a la
normalización lingüística. No impongamos el totalitarismo al campo de la
lengua, pues con ello convertimos a los ciudadanos en siervos de la gleba.
Menéndez y Pelayo nos dijo que la idea de nación no tiene nada que ver con la
lengua. Una nación puede tener varias lenguas y una lengua puede ser hablada
por varias naciones.