Ayer recibí un correo electrónico que me sacó una sonrisa en medio de la vorágine de un día de "cierre" en nuestro periódico. Una compañera del sector me daba la
enhorabuena por mi "objetividad y profesionalidad"
en un trabajo periodístico que mantenía "el rigor y el equilibrio informativo", según sus propias palabras.
Es curioso, porque después de esta felicitación, volví a leer mi propia crónica unas cuantas veces. Algo que me ha hecho ser verdaderamente consciente de lo que el periodismo está perdiendo: ser altavoz, pero no de unos, sino de todos.
"Joder, si es que esto va antes que las 5W"
, pensé. Algo tan básico, y los propios periodistas lo estamos perdiendo.
Contar una misma historia desde diferentes puntos de vista,
sin conclusiones cerradas, porque es el lector quien tiene que sacarlas
. Cuando lo haces solo desde un bando, ya le estás diciendo a quien te lee lo que tiene que pensar. Y eso, señores, no es periodismo.
El periodismo implica ese trabajo básico de reunir toda la información posible. Pero no basta con acumularla: hay que ordenarla, contrastarla y, sobre todo, entender que detrás de cada dato hay una persona, un contexto y un interés. Y
ahí es donde empieza lo incómodo
.
Porque
escuchar a todos no siempre es fácil
. Hay voces que contradicen lo que uno cree, otras que incomodan a la línea editorial del medio y algunas que, directamente, no encajan en el relato que "funciona". Sin embargo, son precisamente esas voces las que sostienen la credibilidad de lo que hacemos.
Hemos confundido claridad con simplificación y posicionamiento con sesgo, y en ese camino el periodismo ha ido cediendo terreno a una
narrativa cada vez más binaria, más rápida y más predecible
. Más cómoda, también. Porque cuando ya sabes lo que vas a contar antes de empezar a escuchar, el trabajo es mucho más sencillo, pero también mucho menos honesto.
No se trata de ser equidistante por sistema, ni de poner al mismo nivel todas las versiones. Se trata de no renunciar, de entrada, a ninguna de ellas. De
hacer el esfuerzo -el verdadero esfuerzo- de entender qué está pasando
, aunque eso complique el titular o alargue el cierre.
Quizá por eso aquel correo me hizo sonreír. No por el halago, sino porque me recordó algo que debería ser obvio y, sin embargo, ya no lo es tanto: que
hacer bien este oficio sigue siendo, en esencia, escuchar
- escuchar de verdad-, y que, cuando dejamos de hacerlo, lo que perdemos no es solo calidad periodística, perdemos algo mucho más frágil:
la confianza de quienes nos leen
.