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PAULA GARCÍA

La Calcuta de Nueva York

Periodista
- 15/09/2019
Paula García Paula García
Nueva York, con sus claroscuros Nueva York, con sus claroscuros

Poco tiempo después de mi llegada a Nueva York como corresponsal y tras la emoción inicial de quien aterriza en territorio desconocido con una misión que cumplir como periodista, me di cuenta de algo disonante en la ciudad. No sabía lo que era, pero algo en aquella ciudad brillante, preñada de rascacielos, de calles abarrotadas de gente, coches y carteles luminosos... había algo extraño que me llevó un tiempo descubrir. La pobreza.

La Nueva York que nos enseñan las películas, los anuncios, las series televisivas donde todo encaja, donde casi todo tiene un sentido, donde lo que predomina son las risas, el compañerismo, los "cocktails" de mil sabores y la ambición de llegar a lo más alto en "la ciudad de las ciudades", de ganar más dinero, de tener más y más, donde el consumismo se inyecta en las venas de modo que hay que hacer un verdadero esfuerzo para escapar de éste. Sí, esa Nueva York tiene también una cara amarga, triste y desprovista de todo lo anteriormente citado. 

Los indigentes. Los sin techo. Los que no tienen nada. Ni dinero para pagarse una mísera hamburguesa de una las tantas cadenas de comida rápida que abarrotan la ciudad. Ellos también son Nueva York.

Los indigentes no viven debajo de los puentes donde no los ve nadie. Ni se refugian en barrios "clásicamente" (supongo que el lector entenderá el entrecomillado) paupérrimos como algunas zonas de Brooklyn, Bronx o Queens. Eso es una falacia. Los indigentes están a la vista de todos. De todos. 

Desde los personajes que se jactan y pavonean de trabajar en Wall Street hasta las personas que trabajan para las grandes marcas de ropa, cosméticos o cualquier firma que relampaguea en los televisores o los anuncios callejeros. Pasando lógicamente por todos aquellos seres mundanos y anónimos como yo (cuando vivía allí) que trabajamos duramente para ganar el pan del día.

Calcuta y Nueva York tienen mucho en común. Muchísimo más de lo que pudiera parecer. La diferencia, diría yo, es que Nueva York tiene muchas alfombras rojas donde "esconder" cuando interesa a todas esas personas sin hogar, techo ni comida que Calcuta no tiene. Calcuta, desde mi punto de vista y desde mi experiencia, es una ciudad donde las castas sociales están claramente marcadas. Naces pobre, mueres pobre. Naces en una casta bien acogida y tendrás, posiblemente cierto futuro y, posiblemente, no en Calcuta. 

Para eso puede servir el dinero: para escapar de la pobreza. Mientras Calcuta y sus habitantes aceptan esta realidad, los neoyorquinos la maquillan. Porque la pobreza ofrece mala imagen y Nueva York no puede permitirse eso. El turismo masivo que recibe la ciudad es un ingreso del que no puede prescindir la ciudad. De este modo dejaría de ser Nueva York para convertirse en una ciudad cualquiera. Y Nueva York y sus habitantes no quieren ser ni parecer personajes de una ciudad cualquiera.

Cuando fui realmente consciente de esta realidad fui ahondando un poco más en este tema. Y entonces me di cuenta de que hay más indigentes en Nueva York que aquellos que piden dinero o comida en las calles donde no pasan desapercibidos aunque la gente los ignore, que se arrastran por las calles o que duermen debajo de cartones que van recogiendo por doquier en buscan de la próxima esquina donde poder dormir esa noche; cualquier noche. Todas las noches.

Hay más indigentes en Nueva York que aquellos que viven y duermen en las calles y, si tienen suerte, llenan sus estómagos vacíos de algo que encuentran en la basura que otros han desperdiciado. Muchas personas que trabajan en Nueva York, llegados de otras partes del país o inmigrantes que tratan de salir adelante en trabajos donde se exige alto rendimiento a bajo coste, personas que se visten cada día, se duchan cada día y comen lo que el tiempo de sus trabajos les permite también son indigentes. 

Son indigentes porque más del 60% de su sueldo va destinado a unos alquileres desproporcionados, que les obligan a compartir piso con otras personas porque no pueden, ni de lejos, pagarse un apartamento. 

Y no estoy hablando de veinteañeros recién salidos de la Universidad (si el dinero de sus familias les ha dado la oportunidad para ello). No. Hablo de adultos pasados los 30 que en su "locura neoyorquina" apuestan por el mal vivir en habitaciones de 30 metros cuadrados donde el alquiler asciende a 800 euros a cambio de un trabajo en La Gran Manzana. 

Ése es el alto precio que hay que sacrificar por vivir en la ciudad de los rascacielos. Por no hablar de tener que comer, vestir, disfrutar de alguna salida frugal con los amigos o poder permitirse un "brunch" una vez al mes, si les alcanza el sueldo.

No todo es brillantina en Nueva York. Hay mucho fango que pisar día a día para lidiar con la adversidad con la cual la ciudad se despierta día a día. Y, sin miramientos, Nueva York te enseña su fiereza diaria más allá de los 10 días de rigor que suelen pasan los turistas que la visitan. Ellos no tiene la posibilidad de ver y convivir con esta realidad porque para eso han pagado sus vacaciones: para disfrutar de las bondades que también, lógicamente oferta la ciudad. 

Este escrito está dedicado a todos aquellos que luchan cada día, a su manera, para vivir o al menos sobrevivir en Nueva York. A todos esos valientes que recalaron en Nueva York en busca de un futuro mejor y se han tenido que enfrentar a la dureza de la Gran Manzana.

 

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