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El cojo de fanzara: la fuga bajo la plaza mayor

Ángel Beitia
Cojo de fanzara. / EPDA
Cojo de fanzara. / EPDA

En 1799, cinco presos escaparon de la antigua cárcel de Castellón por un paso subterráneo que conducía al viejo cementerio de la Plaza Mayor. Entre ellos iba el Cojo de Fanzara. Más de dos siglos después, aquella fuga continúa respirando en la memoria de la ciudad como uno de sus relatos más insólitos.

En la historia de Castellón de la Plana hay episodios que se recuerdan como una fecha y otros que sobreviven como una sombra. La fuga del «Cojo de Fanzara» pertenece a los segundos. No fue solo la evasión de un preso. Fue una grieta abierta bajo la ciudad, una noche en que la piedra, la autoridad y el miedo descubrieron que también podían ceder.

A finales del siglo XVIII, la antigua cárcel se alzaba en los bajos del Ayuntamiento, en el corazón de la villa. Allí el castigo no solo encerraba: también exponía. La prisión formaba parte del paisaje del poder. Quien entraba en ella quedaba apartado de la vida pública, reducido al silencio de los muros.

Entre aquellos presos estaba el «Cojo de Fanzara». Su biografía se desvanece entre documentos muy escasos y la memoria oral. La tradición lo sitúa en las tierras interiores, entre barrancos, sendas y refugios de montaña. Era un hombre de caminos ásperos, habituado a un territorio donde la vigilancia se volvía incierta y donde siempre parecía existir una vía de escape.

En 1799 ocurrió lo inesperado. El «Cojo de Fanzara» y otros cuatro reclusos lograron huir utilizando un paso subterráneo que comunicaba la prisión con el antiguo cementerio, entonces situado en el espacio que hoy ocupa la Plaza Mayor. La noticia se propagó con rapidez. Bajo las calles por donde transitaban vecinos y autoridades se había abierto un camino clandestino. La cárcel y el camposanto, dos lugares destinados al encierro definitivo, habían quedado unidos por la oscuridad.

La documentación permite afirmar la fuga, aunque no todos sus detalles. No sabemos cuánto tiempo llevó prepararla ni cómo coordinaron cada movimiento. Tampoco puede asegurarse que excavaran un túnel desde cero. Algunas referencias hablan más bien de un foso o paso subterráneo ya existente. Pero precisamente ahí reside parte de su fuerza. No fue solo una huida: fue el descubrimiento de una arquitectura secreta, de un mundo oculto bajo la superficie ordenada de la ciudad.

En la memoria popular, el «Cojo de Fanzara» dejó de ser únicamente un delincuente. Se convirtió en una figura colindante, suspendida entre la historia y la leyenda. Su nombre conserva la huella de una cojera; la imaginación colectiva, en cambio, lo recuerda avanzando en la oscuridad, guiando a otros hombres por debajo de la plaza, allí donde el poder no alcanzaba, posiblemente entre los muertos.

Tal vez por eso el episodio sigue vivo. No habla solo de una evasión. Habla de las fisuras del orden, de los pasadizos invisibles que sobreviven bajo las ciudades y de la sospecha de que bajo la superficie cotidiana siempre existe otro territorio. Y una noche de 1799, en Castellón, cinco hombres lo encontraron y desaparecieron.

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