Veinte años después, los artífices de El diablo se viste de Prada han acertado a remozar sus argumentos. Este filme ya no sorprende tanto, pero tampoco es exactamente más de lo mismo. Sin alejarse de su esencia original, ofrece una historia glamurosa, narrada con fluidez y acorde a los tiempos que corren. Los formatos digitales, las redes sociales y la progresiva eliminación del papel son unos temas bien explotados, sin que constituyan el eje principal de la película. Las estrellas del reparto mejoran el guion. Se aprecia la madurez interpretativa de aquellas jóvenes prometedoras que hoy están totalmente asentadas en Hollywood.
La filtración sobre una empresa que utiliza mano de obra barata, vinculada a Runway, provoca un cataclismo mediático. Rápidamente, la revista pierde lectores y, además, peligran sus anunciantes. El presidente de la compañía contrata entonces a Andy Sach, quien ha triunfado como periodista y que, inesperadamente, se había quedado sin trabajo. Dirigirá el departamento de comunicación y deberá sacar del apuro a su antigua jefa. Pese a los esfuerzos y habilidades que demuestra, choca nuevamente con los desaires de Miranda Priestly.
El preámbulo expone con agilidad los pretextos del relato, que se basan en una realidad indiscutible. Por un lado, las editoriales han reducido las tiradas impresas, lo que normalmente ha supuesto reestructuraciones y pérdida de empleos. Por otro, plasma, en clave de humor, la rapidez con que las noticias maliciosas se vuelven virales, causando efectos difícilmente reversibles.
En este marco se centra ahora la relación entre las dos protagonistas. Al principio, repite la fórmula que conocemos e incita a pensar en una secuela cercana al remake. Conforme se desarrolla va alterando el tono de ese pulso, aunque puede intuirse, a grandes rasgos, el camino que recorrerá. El choque de estatus y la crítica sarcástica al mundo de la moda pasan a un segundo plano. Los recortes económicos y las luchas por el control societario centran la atención, trasladando las consecuencias al terreno personal.
También entran en juego unos secundarios cuyas intervenciones resultan determinantes y que contribuyen a dinamizar la narración.
Aquí, la elegante pasarela de París encuentra su reflejo en Milán, escenario que aprovechan los diferentes departamentos técnicos. Destaca la fotografía, que proporciona unas hermosas imágenes panorámicas de sus monumentos. Y el vestuario sigue siendo uno de los puntos fuertes.
Solo por ver a Meryl Streep en unos registros ariscos que domina, vale la pena. Esta vez, los suavizan unas debilidades que encarna con idéntica convicción. Anne Hathaway se supera y sabe adaptarse a un rol con matices muy distintos de los que asumió en 2006. Emily Blunt incorpora una transformación menos evidente; mientras que cumple con creces el siempre solvente Stanley Tucci. El elenco lo completan actores de peso y rostros populares que aparecen en diversos cameos.