Al conocer la noticia de Manchester, nacen mil preguntas que jamás tienen respuestas. Ese escalofrío tan poco seductor que te sacude, es la respuesta agria y amarga a los duros acontecimientos que nos toca vivir.
¿Culpable? Ese ha sido durante muchos años el veredicto fruto de duras sentencias que jamás se encajan por el hecho de ser sinónimas de castigo. Hoy en pleno siglo XXI tan lleno de “todo”, donde todo está al alcance de casi todos, nos encontramos con noticias que relatan los hechos ocurridos hoy y que con tanta frecuencia, -creo que por nadie deseada- se suceden y nos aterran.
Si nos afectan, porque a mí personalmente me afectan y duelen, de una forma muy fuerte. Hay una tremenda carga humana en el trasfondo de estas situaciones indolentes. Esa tremenda carga humana se traduce en ¿quién repara ese daño? Ese daño es irreparable. Ese daño escalofriante no tiene solución, ni la distancia, ni el tiempo, ni nada ni nadie, son capaces de justificar las muertes inútiles.
Si, muertes inútiles, inocentes y sobre todo innecesarias. ¿Dónde arranca el mal? ¿Cuándo acaba el mal? Es muy difícil evaluar ese punto de inicio, tan difícil que hoy lo vemos como en un horizonte perdido, pero sin perdernos en el horizonte, creo que debemos centrarnos en el corazón humano. La fuerza del amor en los hombres y mujeres, debe ser el inicio y el fin de esos inhumanos sentimientos.
El odio, genera odio, rencor. Mala sangre. Y eso es lo que nos está pasando, y nos está llevando a una falta de diálogo muy grande. El mundo tan lleno de organismos, personas, altos sueldos, grandes gastos en defensa, y grandes cumbres para resolverlo “todo” se ve impotente ante la noticia de hoy. La reacción ante la causa, jamás llega a tiempo de dar una solución, no se puede prevenir. La muerte está servida. ¡Qué horror!
¡Qué tristeza! El odio es más fuerte que todo el aparato para forjar la paz. ¡Cuántas canciones a la paz! ¡Cuántas canciones al amor! ¡Tanto luchar por el progreso! ¡Tanta investigación para salvar vidas! Y ayer la tragedia ocurrió en un lugar, o en varios lugares, hoy en Manchester… y mañana ¿dónde será? De poco sirven estos cantos y poemas…
Un minuto de silencio… todas las caras compungidas, los rostros doloridos a las puertas de las Instituciones, así entendemos la solidaridad humana, y está muy bien que seamos solidarios, que sintamos ese dolor como nuestro, porque en realidad todos somos víctimas, pero mientras desde las familias, desde los colegios, desde los pueblos, desde las Instituciones, no seamos sembradores de paz, difícilmente el odio desaparecerá.
Son muchos gritos inadecuados los que lanzamos al día, es mucha violencia la engendrada en el corazón, muchos casos de agresiones inmaduras y muchas muertes (demasiadas) que no tienen ninguna razón de ser. El odio nunca debe vencer al amor. Es un modo de actuar que tendremos que hacérnoslo mirar cada uno de nosotros. Es muy difícil nadar contra corriente, pero con respeto y diálogo se puede andar el camino, por difícil que éste sea.
Me aterra oír la voz del Papa Francisco, cuando habla de esa tercera guerra mundial. A los que nos queda un poco de fe, (y creo que a mucha gente) nos duele la ausencia de tanta paz. La paz es la mejor arma para combatir el odio y la guerra. Las guerras solo sirven para generar un incierto volver a empezar.
Tengamos la mente serena, la mirada firme, y el corazón abierto, para que el odio no se adueñe de nuestros actos, y con libertad, confianza y serenidad afrontemos los duros caminos que tantos hombres y mujeres, soportan con sufrimiento inmerecido por culpa de la sin razón humana.
Estamos muy necesitados de asignaturas que hablen de amor, de paz, de humidad, de solidaridad, de humanidad, de sencillez, de afecto, de respeto, y que dejen un poco de lado todos esos mensajes que nos llegan y que han convertido este mundo en odio, muerte y en ocasiones desesperación . El amor es más fuerte que la muerte.