Tengoun amigo que dice que solo lee a los clásicos. Llevo ya tiempotratando de rebatirle, y me parece un asunto tan interesante que hedecidido dedicarle un artículo. A él y a los clásicos y clásicasque lee, pero, sobre todo a quienes no lee, porque merecen unaoportunidad.
Quizásalguien se pregunte por qué alguien que, como yo, dice amar laliteratura, no está de acuerdo con leer literatura clásica. Pero noes eso. Con lo que no estoy de acuerdo es con el hecho de que esa seasu única lectura. Porque, por contradictorio que parezca, esomataría la literatura si fuera práctica común.
Comoes obvio, ni Cervantes, ni Galdós ni Emilia Pardo-Bazán nacieronsiendo clásicos. Un buen día se pusieron a escribir, y si no fueraporque sus coetáneos les valoraron, tal vez no hubieran seguidohaciéndolo, y nunca habrían cruzado la línea de la posteridad. Sila gente de aquella época se hubiera obcecado en decir que solo leíael Cantar de Mío Cid, o a Jorge Manrique o al infante Don JuanManuel, seguiríamos leyendo solo eso. Porque habrían evitado laevolución. Y si los contemporáneos de aquellos hubieran hecho otrotanto, no habría literatura. Sin más.
Laotra posibilidad es que nadie hubiera hecho ni caso a estos autores yque hubieran acabado de mala manera, como Van Gogh, que no vendió envida un cuadro y jamás podrá disfrutar de que sus obras sean lasmás cotizadas. O como John Kennedy Toole, autor de la hoyarchifamosa Conjura de los necios, que se suicidó tras la depresióna que le llevaron las constantes negativas de las editoriales.
Amí, sinceramente, me gusta más el modelo de Vicente Blasco Ibáñez,mi paisano, que triunfó en vida por su calidad, y sigue leyéndosepor la misma razón. Nadie durante su vida se negó a leerlo porqueaún no fuera un clásico. Si lo hubieran hecho, tal vez no lo seria.
Otracuestión es qué es un clásico para mi amigo. Su vara de medir,curiosa pero no exclusiva, es la de que el autor o autora estémuerto, como si criar malvas en un cementerio mejorara la obra dealguien.
Ahílo dejo. Dejo a criterio de quien me lea si le damos la razón a miamigo o, por el contrario, damos una oportunidad a la literaturacontemporánea, sin perjuicio de seguir leyendo a clásicos yclásicas cuando nos lo pida el cuerpo. ¿Cuál es el veredicto?