El Alzheimer es un enfermedad poco conocida por sus causas, perobien conocida por sus efectos. Una demencia senil puede o no conducir a padeceresta enfermedad crónica sin cura conocida hasta ahora. Poco se puede haceractualmente para evitar el desarrollo de esta condición por los escasosestudios científicos que parecen poco concluyentes y multifactoriales.
Y1o nosoy especialista pero he vivido esta enfermedad desde cerca. Mi abuelo Fernandoera un médico rural en La Vieja Castilla. Nació en Zamora junto a sus otros doshermanos.
De familia humilde, pronto se quedó huérfano de madre. Los treshermanos vivían del sueldo de funcionario militar de mi bisabuelo Macario, quenunca se volvió a casar. Vivieron la Guerra Civil con toda su crudeza y laspenurias que ésta trajo a tantas y tantas familias españolas. Mi abueloFernando apenas tenía 12 anos cuando estalló la Guerra que separó España ycuyas consecuencias aún arrastramos política y socialmente.
Zamora se le quedó chica a mi abuelo Fernando y pronto se trasladó aValladolid a estudiar lo que iba a estudiar su hermano mayor Alberto: Medicina.Alberto nunca cumplió su sueño porque murió de tuberculosis en la postguerrapoco antes de ingresar en la facultad. En Valladolid conocería a quien fue sumujer, mi abuela Mary. Mary también se había quedado huérfana, pero ella depadre y para sobrevivir regentaba junto a su madre una hospedería paraestudiantes: allí se conocieron mis abuelos.
Un joven estudiante de medicina y una joven que, junto a su madre,adecentaba las habitaciones de los estudiantes que se quedaban en esa pequeñaresidencia estudiantil. Mis abuelos empezaron a salir juntos, así que, pormotivos evidentes de la época Fernando, se cambió de residencia, ya que no erapropio vivir bajo el mismo techo que sunovia, mi abuela Mary.
Fueron novios durante una década. Tenían ganas decasarse, pero mi abuelo, que era de talante afable pero rígido en susconvicciones, tuvo claro que hasta no terminara la carrera universitaria yobtuviera un trabajo que les diera de comer no se podrían casar. Ante todo eraasegurar una carrera y un sustento para vivir antes de formar una familia.
Mi abuelo empezó a trabajar desde el segundo año de la Universidadde Valladolid en uno de los laboratorios de dicha institución, lo que leaportaba algún beneficio económico que él guardaba con empeño.
Finalmente terminó la carrera universitaria con éxito y mis abuelosse casaron. Vivieron en Valladolid muchos años. Mi madre nació allí en laclínica del Dr. Jolín (actualmente es una residencia de ancianos). Mi abuelo,como facultativo, estuvo en el parto -cosa poco frecuente en aquella época-.
Mis abuelos vivieron un tiempo más en Valladolid hasta que a mi abuelo Fernandolo trasladaron a Canillas de Esgueva como médico rural especializado enPediatría. Pero en ese tiempo los médicos rurales hacían de todo. Y así me lorelataba él cuando yo era pequeña. En una ocasión le llamaron desde un establo(bueno, fueron a buscarle de madrugada a su casa ya que los teléfonos eran unavanguardia no accesible en los pueblos).
Mi abuelo se quedó sorprendido: ¿Paraqué le necesitaban en un establo si él era médico no veterinario? Alveterinario del área no pudieron localizarle así que llamaron a mi abuelo paraque atendiera el parto de un becerro.
Y así fue. Mi abuelo me lo contaba contodo detalle como una anécdota más de tantas que me contaría a lo largo de suvida como médico y persona curiosa interesada por casi todo más allá de lamedicina.
Años más tarde se trasladaría toda la familia a Villasante deMontija, en Las Merindades, tierra castellana de fríos inviernos y calurososveranos. Allí estuvieron años hasta que mi abuela empezó a padecer artrosis. Uncompañero de mi abuelo, facultativo también, le indicó que se trasladara aLevante, ya que los inviernos allí eran más suaves y probablemente mi abuelasufriría con menos intensidad sus dolores. Nuevo destino: un pueblo de la costalevantina. Allí se conocerían mis padres, pero eso es otra historia.
Curioso, espontáneo, iracundo cuando quería y muy estricto cuando loconsideraba pertinente, vivió el resto de sus días en la costa levantina juntoa su mujer Mary, que falleció a sus 54 años cuando yo tenía cinco meses. Mellevaron a su entierro en Valladolid a esa corta edad y me cuentan mis padresque en el ambiente sombrío de entierro yo reía y jugueteaba con mis padres y elresto de los presentes.
Mi abuelo se quedó desolado sin su Mary. Pasó 43 añossin su mujer. Nunca volvió a casarse. Siempre me recordaba a mi abuela y mehablaba de su amor por ella. Alguna vez, a escondidas, me enseñó algunas cartasde su época de novios.
Hoy voy de camino en tren a Valladolid. Tras 94 años mi abuelofalleció hace unos meses y ahora este 11 de octubre de 2019, la misma fecha enque hace 43 años enterramos a mi abuela, vamos a enterrarle a él.
Hace unos 9 años un Alzheimer galopante atrapó a mi abuelo. No tuvomás opción que regresar de su casa en la costa de levante a Valencia ciudadpara que lo cuidáramos. Yo vivía fuera de España así que observar su decadenciaintelectual y cognitiva cada vez que venía a la ciudad me partía el alma.
ElAlzheimer no sólo destruye tus neuronas sino que devora tu vida a gota a gota. Tedesarma los pensamientos y picotea tus recuerdos hasta hacerlos añicos. Dosmujeres maravillosas, dos cuidadoras estuvieron pendientes de él hasta elfinal.
El iaio Fernando falleció en paz gracias a la morfina que losmédicos le dispensaron paulatinamente porque era necesario. Pero yo habíaperdido a mi abuelo hacía muchos años. Nunca le pude entrevistar como dije queharía cuando era una joven estudiante de periodismo, carrera que él me animó aestudiar. Fernando era médico, escritor y poeta. Escribió una novela Charlasde Rebotica, donde cuenta sus andanzas como médico rural en Castilla León.Pero esto daría para otro artículo. O muchos más.
Hoy entierro en Valladolid a mi iaio Fernando, tras una vida juntosde aventuras en la distancia y en la cercanía. Conservo de él su amor y lacantidad de cartas y artículos que nos enviamos mientras yo estaba viajando porel mundo desde los 18 años. Y todo eso se lo debo a él y a mi familia. Graciasiaio Fernando. “Adelante, siempre adelante”, como él decía siempre.